Un país optimista

J. SÁNCHEZ HERRADOR

Hoy me levanté optimista-realista como afirmaría Steven Pinker. Si es verdad, tal como asegura el psicólogo, científico y lingüista, que tenemos una disposición biológica al pesimismo más vale compensarlo con una dosis de optimismo racional. Una cosa es la crítica constructiva y otra la demolición de todo lo existente donde siempre salen ganando los demagogos, los populistas y los autoritarios. El problema español por antonomasia es la envidia, la cual necesita un ambiente decadente donde florecer y un chivo expiatorio al que echarle las culpas de los males propios. Cuando el país estaba en lo peor de la crisis, los demagogos disfrutaban de su mejor momento. No es anular la crítica, sino darse cuenta de que unos señalan los defectos de la realidad para intentar eliminarlos y otros los denuncian para beneficiarse ellos.

Dice Pinker, citando a un escritor económico americano, que el pesimista parece que quiere ayudarte y el optimista venderte algo. De esa percepción surgiría el prestigio de los pesimistas frente a los que resaltan que el mundo está en su mejor época en cuanto a desarrollo económico, guerras o violencia.

Es cierto que los políticos vendedores de humo han hecho mucho daño al optimismo racional, pues suelen prometer estupideces en forma de ilusiones irrealizables que no dependen solo de ellos y que por tanto no pueden cumplir. El pesimista sin embargo tiene ya conquistada la mitad de la partida porque ostenta la aureola de profeta que entiende las dificultades y es solidario con aquellos que las padecen. Descubran al demagogo no en la afirmación necesaria de lo que va mal, sino en su incapacidad patológica para enumerar lo que va bien. Si es cierto que tenemos algo de pesimistas por naturaleza entonces un optimismo racional es casi imprescindible para vivir.

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