Un país legendario

Uno de los problemas del nacionalismo, de cualquier nacionalismo, es que nunca deja de mirar su propio ombligo

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Decía en su discurso de agradecimiento por el Premio Princesa de Asturias de las Letras Adam Zagajewski que durante un tiempo veía a España como un país legendario. Era la etapa en la que aún no conocía nuestro país y tenía de él una imagen fijada por la literatura, el mito y la leyenda. En sus caminos transitaban Don Quijote, los caballeros andantes y las princesas. Más tarde, tuvo ocasión de visitarlo y vio que era un país moderno y avanzado. Sin embargo, con los años -añadía- la vida le había concedido ese antiguo sueño y estaba en Asturias invitado por una Princesa.

Uno de los problemas del nacionalismo, de cualquier nacionalismo, es que nunca deja de mirar su propio ombligo. El mundo gira en torno a él y nadie puede hablar con más propiedad que él de su tierra. Ni siquiera quien, habiendo venido de fuera, es capaz de ver sin orejeras la realidad. Una de las costumbres más sanas para vacunarse de ese provincianismo es leer a otros que, desde lejos, analizan y explican nuestro país. No me refiero a cualquier indocumentado sino a esos que aman nuestra patria como si fuera propia y dedican su vida a estudiarla. Tienen el amor necesario para interesarse y apreciar lo bueno pero la distancia justa para no cerrar los ojos a la verdad. En España ocurre eso con célebres hispanistas que, venidos de Francia o del mundo anglosajón, llevan décadas profundizando en nuestra historia. Su criterio, salvo excepciones, suele ser muy útil para mirar desde otro punto de vista eso que nosotros tenemos no solo muy trillado sino muy cargado de emoción. Todos conocemos la Guerra Civil pero para nuestras familias suele tener nombres y apellidos de abuelos, padres o tíos lejanos que la sufrieron. En cambio, ellos carecen de esa hipoteca emocional y no disculpan ni exaltan los comportamientos. Únicamente los explican.

En las convocatorias de Premios internacionales como los Princesa de Asturias o los Jaume I en Valencia es importantísimo abrir los oídos para saber cómo valoran a nuestra tierra gentes venidas de lejos. Es un modo de poner nuestras leyendas negras y nuestros mitos eternos en el fiel de la balanza y saber qué peso real tienen. Escuchar a Quino, a Baremboim, a Mary Robinson, a Todorov o a Martha Nussbaum exponer su visión de los Premios y del país que los otorga es un regalo y una oportunidad. «Un país legendario» alude a una historia dilatada en el tiempo, una riqueza cultural e histórica de peso y una capacidad de mostrarse envuelto en las brumas de la memoria capaces de encandilar a un gran poeta. Frente a eso, quienes deberíamos sentir orgullo -que no ceguera- por un país reconocido fuera, aun con todos sus defectos, como los demás e incluso como los que están por hacer, echamos por la borda el tesoro de la isla. Por ostentoso, altivo y soberbio. Somos así de sobrados. Como si fuera fácil lograr lo conseguido por generaciones y generaciones precedentes.

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