Paellas en la jungla de asfalto

Menús variados

Dígase lo que se diga, es la receta preferida de los falleros en su fiesta de afirmación como pueblo. Lo de menos es cómo salga

Concurso Internacional de Paellas para empresas del sector logístico/A. Vergara
Concurso Internacional de Paellas para empresas del sector logístico / A. Vergara
ANTONIO VERGARA

Una de las actividades más apasionantes de los falleros es cocinar 'cualquier cosa' en la calle, junto a su 'casal'. Incluso pueden compartir los guisos con sus vecinos, aunque es sabido que la gran familia fallera suele ser reacia a la aparición de 'intrusos' en su habitat. Muchos quieren comer de gorra. Por cortesía o a causa de la relevancia social del espontáneo -no es fallero de vocación, no tiene carné josefino, ni siquiera es valenciano-, pueden participar en la elaboración de una paella y también comer con la 'cullera de fusta', utensilio de cocina que data del Paleolítico.

Los arqueólogos han encontrado algunos fragmentos rudimentarios de este periodo. Consecuentemente, usar la 'cullera de fusta' es un homenaje a nuestros antepasados no falleros, pero seres humanos al fin y al cabo.

Cocinar 'cualquier cosa' no debe entenderse como una expresión despectiva; antes al contrario.

Cocinar cualquier cosa quiere decir exactamente que los falleros le dan menos importancia al resultado de su 'performance' culinaria que al 'fet comunitari' de que ellos y los vecinos coman del mismo caldero. No se valora el desenlace final. Lo sustantivo es que un denso racimo de personas se agrupe alrededor de la lumbre fallera con una cerveza y un vaso de plástico (la atronadora ¿música? no cesa) y no que la paella o la 'fideuà' sean muy suculentas o incomibles.

Lógico. Pues, ¿en qué consisten las fallas? En una explosión de populismo apolítico. Los intelectuales de la cáscara amarga prefieren el término populachero. Lo rechazo de plano porque en su día tuve que leer a Antonio Gramsci: «No se puede hablar de los no-intelectuales porque no existen. Todos los hombres son intelectuales». No citaba expresamente a los falleros, ya incluidos en «todos los hombres». Hoy añadiría «y también las mujeres».

Durante casi un mes, decenas de miles de personas anónimas, falleras o no, se personan multitudinariamente en las calles. La mayoría silenciosa. Un ejército que permanece 'hiberna hibernorum' (campamento de invierno romano), sin chistar, unos 335 días al año. La excepción reside en los partidos Valencia-Real Madrid, o Valencia-Barcelona.

La representación culinaria de la personalidad valenciana continúa siendo la paella. Dígase lo que se diga, es la receta preferida de los falleros en su fiesta de afirmación como pueblo. Lo de menos es que salga bien, mal o regular; lo trascendente es el mero hecho de su ejecución y los prolegómenos.

¿O no es más cierto que la paella es un pretexto para sentar cátedra de ortodoxia culinaria, charlar, discutir -enfrentarse, incluso- y beber mientras se desconoce qué saldrá del recipiente paella?

Sentadas estas premisas, fácilmente comprobables por un observador atento, las paellas en la jungla valenciana del asfalto fallero son un elemento de distracción más, de comunicación caótica y disgustos. Siempre hay quien se toma muy en serio su sapiencia paellera. Craso error. Salvo sus ayudantes, todo el mundo piensa que la sabe guisar mucho mejor. Y fatalmente, cuando se sirve, las críticas, estentóreas o en sordina, se ensañan, en broma (pero menos), con el cocinero amateur.

Sea una paella, una 'fideuà' o cualquier otra magna contribución valenciana a la cocina popular (no olvidemos el 'all i pebre', y algún arroz más), en fallas lo procedente es analizar cómo la guisan, charlar con los presentes o anotar mentalmente los errores del espontáneo guisandero. Un par de cucharadas bastan.

Algunas comisiones renuncian a la paella porque en su demarcación fallera hay un manchego especialista en gazpachos. Hace varios años, un guardia civil del Seprona fuera de servicio, nos admiró con unos gazpachos sensacionales. En otra ocasión, fue un ebanista de Yecla con unas gachas migas genuinas, populares, semejantes al 'puls' ('pulmentun') con que se alimentaban los legionarios romanos. Y hasta un catalán de Santa Llogaia d'Àlguema (Santa Leocadia de Algama) se ofreció a guisar 'cap i pota' (callos) en un gigantesco y hondo caldero de 'ferro colat'.

Esta fraternal colaboración de los no nacidos en Valencia confirma lo que proclamó F.F. acerca de la imprescindible 'unidad entre los hombres y las tierras de España'.

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