El Pacto Nacional del Agua, más necesario que nunca

El Pacto Nacional del Agua, más necesario que nunca
Simon Buchou

Los valencianos apreciamos extraordinariamente el agua. Probablemente la apreciamos con mayor intensidad que en muchas otras regiones de España dada la irregularidad con la que podemos disfrutar de ella. El clima mediterráneo que bendice nuestra tierra con 300 días de sol al año, tiene como contrapartida que muchas veces llueva en pocos días y de forma torrencial, con lo cual se pierde o se desaprovecha gran parte del agua caída, por no hablar de los daños personales y materiales que provocan las inundaciones generadas.

Este amor por el agua que profesamos hace que la administremos desde tiempos inmemoriales con sumo celo. Quizá el ejemplo más conocido de esta administración sea el Tribunal de las Aguas de la Vega de Valencia, institución milenaria declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO y recientemente premiada por el Premio Manuel Lorenzo Pardo a las buenas prácticas en la Gestión del Agua por la Asociación de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de España. El agua es motor de desarrollo en nuestra tierra y los valencianos la cuidamos con devoción y la gestionamos como un tesoro.

Quizá por esta devoción nos duele de forma especial observar cada vez que hay un episodio de avenidas en la vecina cuenca del río Ebro éste se vierte al mar durante días caudales que superan holgadamente los mil metros cúbicos por segundo. Como no podría ser de otra manera, se reavivan las reivindicaciones sobre el derogado trasvase del Ebro en particular y sobre el modificado Plan Hidrológico Nacional en general. Se recurre a titulares basados en que el Ebro vierte al mar en pocos días los 1.050 hectómetros cúbicos previstos para trasvasar en un año en el derogado trasvase de 2001. Es cierto que es complicado aprovechar en gran parte los caudales de avenida cuando estos son tan elevados. Pero parece obvio pensar que con una adecuada interconexión de cuencas se podrían aprovechar parte de estos excedentes minimizando daños en las cuencas cedentes. Por eso duele recordar en episodios de este tipo cuando tuvimos la oportunidad de llevar a cabo un trasvase incluido en un Plan Hidrológico Nacional que por cierto incluía importantes obras dentro del pacto del Agua en Aragón. Era una oportunidad de oro para interconectar las cuencas españolas con posibilidad de disponer de financiación europea para ello y la desaprovechamos. En su lugar la, por aquel entonces ministra de Medio Ambiente Cristina Narbona implantó el programa AGUA, que sustituyó el trasvase del Ebro y otras obras previstas por las ya famosas desaladoras.

Pese a que se haya instrumentado sobremanera el debate en torno a la llamada 'guerra del agua', parece accesorio aclarar que las desaladoras en sí no son buenas o malas como solución. Son una alternativa más que puede complementar perfectamente al resto de obras hidráulicas que conformen el suministro de agua a las demandas de una región. Teniendo en cuenta esta circunstancia, a priori es preferible basar las soluciones en la gestión del agua en España el uso prioritario de presas y embalses y la interconexión de cuencas por múltiples motivos. Principalmente porque que los embalses, aparte de su uso intrínseco para almacenamiento de agua, permiten generar energía eléctrica de forma limpia y prácticamente instantánea. Por si esto no fuera bastante para poner de manifiesto su utilidad, son estas las únicas infraestructuras capaces de almacenar energía a gran escala en las centrales reversibles, utilizando los excedentes del sistema eléctrico en horas valle para bombear agua y turbinando esa misma agua en horas punta. En el otro lado de la balanza, las desaladoras tienen un coste energético importante que además limita el suministro de agua a unos pocos kilómetros tierra adentro. Por ello muchas veces las desaladoras se han utilizado en regiones insulares o en países donde no había otra alternativa de suministro. Un caso paradigmático es Israel, donde el 75% de la población es abastecida mediante agua procedente de desaladoras.

Respecto a porqué es preferible la interconexión de cuencas, el cambio climático nos da la respuesta. Los escenarios que analizan actualmente los expertos para España no hablan de disminución de precipitaciones, sino de una distribución de las mismas más irregular entre el norte y el sur de la península y una mayor frecuencia de fenómenos extremos como sequías e inundaciones.

Decía Juan Benet, ingeniero de caminos y escritor, del que este año se cumplen veinticinco años de su fallecimiento, que «si cualquier Comunidad española -sea grande o pequeña, oficial o privada, estatal o ribereña- se cree llamada y capacitada para hacer rancho aparte y aplicar al agua que cae o corre por su espacio, confiada en la suficiencia de sus propios recursos, la práctica de la avaricia territorial, entonces estamos perdidos. Y la primera perjudicada será ella y quizá no tanto porque con tal gesto levante a lo largo de sus fronteras el muro de la incomprensión con las vecinas, cuanto porque así no hará sino enfrentarse a un tiempo futuro que le dará la espalda por cicatera». Hace unas semanas, en una jornada en el Colegio de Ingenieros de Caminos, la ministra Isabel García Tejerina afirmó que no se iba a plantear ningún trasvase sin consensuarlo con el PSOE. A tenor de las últimas declaraciones de Pedro Sánchez este consenso va a ser difícil de alcanzar. Ojalá se reconstruya el diálogo y se escuche a los técnicos. El Pacto Nacional del Agua es más necesario que nunca.

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