Pacto

JOSÉ MARÍA ROMERA

Nunca hubo discrepancia tan unánime como en el llamado pacto para la Educación, esa utopía a la que todos dicen aspirar pero que salta por los aires apenas alguien echa a rodar una propuesta para alcanzarla. Aunque nadie quiera reconocerlo, el consenso educativo es uno de los grandes embustes de la política. Mejor esperar a que otro lo rompa para lanzarle los dardos de turno en vez de ceder de nuestra parte. De puertas afuera luce mucho declararse partidario de un acuerdo general mientras por dentro nadie está dispuesto a dar su brazo a torcer. Por eso los profesores tienden al silencio: es preferible una escuela mal regulada y precariamente atendida pero en la que se pueda trabajar que un ruidoso gallinero donde todo el mundo mete baza en provecho propio. Llevábamos unos meses en ese estado de callada apatía, apenas alterada por alguno de los respingos habituales. Esta vez era el requisito de los MIR para el ejercicio de la docencia pero podía haber sido perfectamente el matonismo escolar o el adoctrinamiento en las aulas. Entre tanto confiábamos en que la sensatez de los políticos responsables estuviera dando sus frutos en la Subcomisión para el Pacto de Estado sobre la Educación, creada en el Congreso hace más de un año para alcanzar las bases de un futuro consenso. Digo que confiábamos porque era una comisión blindada, hermética, secreta, que libraba sus batallas en alguna escondida estancia de la cámara y que solo se dejaba ver públicamente cuando recibía la visita de algún experto. Ochenta. Han sido ochenta los expertos que desde febrero hasta octubre pasaron por ella para dar ideas y hacer sugerencias. Sus intervenciones, algunas de alta calidad, pueden leerse íntegras en la web del Congreso. Lo que no está al alcance del ciudadano son las actas de los debates de la subcomisión, que ahora Podemos ha solicitado que se den a conocer. Una cosa es que la discusión educativa requiera serenidad y sosiego y otra que haya que hurtarla al debate público. Mal empezamos. Por de pronto el secreto siembra dudas sobre la eficiencia de la subcomisión. Algunas informaciones cuentan que después de varios meses solo se ha debatido el primero de los quince puntos del guion. La subcomisión de pomposo nombre ya ha solicitado prórrogas en dos ocasiones y todo hace temer que lleva un recorrido lento y accidentado. Nunca sabremos si los subcomisionados marean la perdiz para no ser ellos quienes pongan el cascabel al gato o si, zoologías aparte, lo titánico del empeño ha superado sus habilidades parlamentarias. No hay que desalentarse. La educación siempre ha sido un asunto complicado. Pero tal vez lo sería menos si en vez de buscar grandes pactos aspiráramos a pequeños compromisos. Por ejemplo, el de enseñar en el sentido cabal, científico, crítico y humanista del término. ¿Que eso ya lo desean todos y además ya se cumple en las actuales escuelas? Bueno, uno no se atrevería a asegurarlo.

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