EL VALOR DEL SILENCIO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

En un mundo ideal y perfecto, las declaraciones de los futbolistas deberían quedar proscritas. Ustedes no hablen con la prensa, nunca, terminantemente prohibido. Jueguen, mejor o peor (a ser posible bien, que para eso se les paga muy generosamente) pero al acabar los partidos la boca cerrada, ni mu, chitón. Pero no por un castigo a los medios de comunicación ni nada por el estilo. No. Simplemente por higiene mental. Para dejar descansar a los seguidores. Porque es que cuando hablan... ¡ay cuando hablan! Qué dolor, qué inmenso dolor. Una vez se retiran ya es otra cosa, el futbolista experimenta un cambio radical al pasar de estar en activo a la situación B, que se decía antiguamente respecto de los militares. Supongo que es cosa de la edad, de los pocos años, de la inexperiencia, la inmadurez, las carencias culturales de un chaval que a los 20 años gana mucho más que un alto directivo de una multinacional y se ve permanentemente rodeado por admiradores y chupópteros, que no ha terminado sus estudios y que no suele demostrar ninguna inquietud cultural más allá de escuchar música chumba-chumba-chumba con unos auriculares que le aíslan de los molestos aficionados y de los periodistas pelmas. Es lógico que de ahí no pueda salir nada medianamente inteligente. Para la historia del fútbol queda el mítico «mi abuelo era de Celta», mientras el manual de las declaraciones socorridas está compuesto por reflexiones tan profundas como «el fútbol es así», «estoy a disposición del míster» (¡¡¡el míster!!!), «los partidos duran 90 minutos» (y las semanas 7 días), «La Liga es muy larga» (y el invierno en Burgos ni te cuento), «no hay rival pequeño» (cerebros, muchos) y algunas otras de no menos enjundia. Pero mis preferidas son las que tienen que ver con la querencia de un jugador hacia el club que lo acaba de fichar, ese emotivo «siempre quise jugar aquí», derivación del clásico «yo desde pequeñito era de...» añádase el equipo que se desee, o el no menos habitual «cumplo un sueño», «soy muy feliz de llegar a este gran equipo», todo ello adornado con un beso en el escudo de la camiseta, señal inequívoca de amor verdadero y duradero, como esos novios y novias que se tatúan el nombre del otro o la otra en el brazo y a los seis meses se encuentran compuestos, sin novio/a y con tatuaje permanente y, éste sí, eterno. Coquelin (pronúnciese Coquelán) dice que se arrepiente de no haber fichado antes por el Valencia que se ve que ya se lo quiso traer este verano, que debería haber venido antes, que qué bien se está aquí y todo eso. Y yo, una vez más, evocando a nuestro Rey emérito en aquella cumbre iberoamericana en la que el monarca se hartó del discurso monotema y cansino de Hugo Chávez, le digo a él y a todos los futbolistas: ¿por qué no te callas?

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