Otoño en el monte valenciano

MIGUEL APARICI NAVARRO

Están los cazadores. Otros son seteros. Los hay, incluso, pirómanos... Son especies de humanos que gustan de salir del plano y adentrarse en los relieves ondulantes. Pero quizás, lector, seas de los que considero 'yoguistas de monte'.

Así que debes de haber dejado el coche arcenado, sobre la hierba aclarada de un final de tramo de asfalto estrecho y bacheado que se ha adentrado en la incivilización. Has cogido la mochila (surtida de cosas aprovechables) y el bastón, y los antisoles y el artilugio atrapador de imágenes. Y has echado a andar, a casi mil metros sobre el nivel de las aguas marinas y ahora, que las primeras tormentas han achicado las temperaturas somnolientas.

Pronto arribas a una caseta de monte. De lo poco antrópico que vas a vislumbrar en el camino. Arruinada y con los muros a mitad altura. Se te muestra la piedra montaraz y el calicanto. Alrededor, abundancia de 'tiestos'; restos de lo que fueron las tejas, de tradición moruna, que conformaron su techumbre.

Allí, cerca, ves las 'excavaciones' de los jabalíes; labor nocturna de busca de raíces, en la tierra blanda, con el colmillo cuchillero. Más adelante, detectas las huellas de sus pezuñas bidigitales; donde la pista terrera enseña restos de charcos arcillosos, listos para la impresión al barrizarse.

La naturaleza 'maquis' ya te envuelve. Romero ahora sin flor y rebrotante, tomillos olorosos al pisado, leños mostrados abiertos tras el sufrimiento por la sequía y piñas nuevas verdes de conos prietos.

El carrascal de base, tupido; con algún aislado ejemplar erguido. Pocos, convertidos en encina de voluminosa copa repleta de bayas rutilantes de cáscara verde; entre las que asoma también, de vez en cuando, una imprescindible 'bellota negra'.

El brezo, reliquia de color otoñal, da el blanco rosado a las abejas; que zumban nerviosas al calor del prometido mediodía y te hacen creer en voces de fantasmagóricas presencias humanas.

Te preparas a no dar manotazos al abejorro inquisitivo, sabedor que el aire agitado bruscamente te señala como amenaza y puede regresar el insecto seguido del enjambre completo. Y ya que no te has mimetizado con ropas verdes y grises, vas pendiente de quedar cerca de espesos arbustos donde, si viéndote acosado, poder meter la cabeza y los brazos; como hacía el oso Yogui de los dibujos de tu infancia.

Contemplas las aliagas, tan espinosas y flambeadoras para cuando la matanza del gorrino invernal, y te extraña ver algunas tan resecas -negras, muertas- de sed; porque ya han llegado tarde los chaparrones postveraniegos. Ahora te preguntas por cuánta agua caerá en la pileta rupestre de la Fuente de la Zangarriana, que queda en la profunda barrancada de la derecha; a la que hoy no vas a bajar.

Ves el único cortafuegos (falso) del camino. La limpieza de campo abierta a los pies de las grandes torres de una línea eléctrica. Todo, por evitar responsabilidades incendiarias. Presentándose, de improviso, las ramas estilizadas de un arce y el regordo busto de un madroño de bolitas alcohólicas aún inmaduras, que fotografías a contraluz; formando un trío con un mecano poste metálico.

Más te impacta, pasos adelante, que junto a una copa individualizada de pino mediterráneo ascienda el aire condensado de una invisible y lejana central nuclear. Los ojos observan un cuadro pintado con tres colores crudos: sobre el azul límpido del cielo, el verde madre naturaleza y el aire blanco convectivo de un desarrollado hongo celestial.

Se te bifurca la pista y decides seguir por la más vieja. La nueva ostenta un poste, con franjas de colores de guerrero piel roja y un moderno código QR para el móvil, que te niegas a descifrar con el portátil por no caer en la cuenta de la vida digital; frente a la sensorial que, hace rato, vives.

Algunas buenas sombras de vez en cuando. Aquí de un carrasco, blandengue y verdejo; allá de un negral, robusto y prieto de agujas falsamente perennes. Corre, bajo ellos, la brisa que arrastra el agua-sudor. Aprovechas para darle la vuelta al horizonte e hincar el diente a la tortilla panera cuajada a horas que aún eran oscuras. Miras, de sur a norte pasando por poniente: las atalayas del Valle de Ayora, los planos de La Manchuela y de La Valencia Castellana y los montes de la Hoya de Buñol...

Retomas la marcha y ahora te vas a sobresaltar ligeramente (fuera del refugio hogareño las sorpresas son previsibles) con el batir bronco y asustado de una banda de perdices fugitivas, que parecen escapar de tus zapatillas. Más adelante, aún, un berrido de cornamentados invisibles te hará volver la espalda; en medio de un absoluto, roto, silencio.

Al fin, acabas tu inmersión naturista. Tu fuga animalista. Tu descompresión anímica.

Han sido dos horas de ida lenta. Una hora para el regreso, ya sin paradas contemplativas. Y calculas, al menos, un kilo de grasas descontado sobre el cuerpo tendinoso.

Pero, sobre todo, has conseguido olvidar -por una mañana- a los 'cuatro jinetes apocalípticos' del momento: el separat-ismo, el norcorean-ismo, el yihad-ismo y el tramp-ismo.

Fotos

Vídeos