LA OSCURIDAD DE RIBÓ

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Las ciudades evolucionan y se transforman gobierne quien gobierne. Otra cosa es en qué sentido lo hagan, para bien o para mal, y el grado de influencia que el poder político tiene en esa transformación. Valencia cambió radicalmente entre 1991 y 2015, el periodo en que Rita Barberá fue su alcaldesa, pero es que veinticuatro años de mandato dan para mucho. También evolucionó de forma considerable entre 1955 y 1979, por tomar otros veinticuatro años de plazo, y nadie se atrevería a reivindicar hoy la figura de los alcaldes franquistas de aquella época. Un alcalde puede ayudar a impulsar a su ciudad o, por el contrario, ralentizarla y sumirla en el anonimato. Lo que es seguro es que dos años no dan para revolucionarla a mejor, aunque sí a peor. Es decir, y por poner un ejemplo, en dos años no puede nadie arreglar los problemas de movilidad y transporte público de una ciudad pero sí que puede agravarlos. A la hora de hacer balance en el ecuador de su mandato, el alcalde de Valencia, Joan Ribó, declaró que Valencia había salido por fin de la oscuridad. No tuvo su mejor día el dirigente de Compromís al deslizar tan manida metáfora, tal vez más pendiente de los acontecimientos de Cataluña que tanto han descolocado a su coalición o de su participación en un encuentro de alimentación sostenible que se ha celebrado en Noruega y al que acudió con el entusiasmo que le caracteriza cuando asiste a eventos que son de su agrado ideológico, que por otra parte es a los únicos a los que va. Porque hablar de que Valencia ha salido de la oscuridad cuando este ayuntamiento se está dedicando a apagar farolas y a rebajar la intensidad de la luz para ahorrar en el recibo no parece lo más apropiado. Siendo que, como suele ocurrir en estos casos, se va de un extremo al contrario, y si antes padecíamos exceso lumínico en algunas calles y avenidas, ahora hay noches en que es conveniente salir con linterna por si acaso. Más allá del recurso literario de Ribó, lo cierto es que Valencia no ha sufrido una transformación en estos dos años, sigue siendo la misma que dejó Rita Barberá, para bien y para mal. Los cambios registrados han sido un empeoramiento de la limpieza de las calles y el mantenimiento de los jardines, una mayor ocupación de la vía pública con todo tipo de fiestas, conciertos y eventos callejeros, oficiales unos, particulares los otros, y, eso sí, un tráfico de automóviles y autobuses de la EMT mucho más complicado por la construcción de tramos de carril bici y la implantación de restricciones de velocidad en varias zonas. A no ser que salir de la oscuridad considere nuestro alcalde que es convertir la plaza del Ayuntamiento en un escenario de conciertos, para incredulidad de los transeúntes que el sábado al mediodía contemplaban la surrealista escena.

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