ORIOL Y LA MISA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Si es verdad que Junqueras no puede asistir a misa, como sería su deseo, allá en la prisión por culpa de esta España nuestra tan represora, censuradora, liberticida y cafre, presenciamos otro delirante derrape zarzuelero en esta historia de ruido, furia, esperpento y chifladura. Observar a Zoido y a Rufián bisbisear frailunos y esquineros al respecto provocaba no sé si conmoción, sorpresa, llanto o risa. Rufián, el hortera monje guerrero del independentismo, platicando con Zoido el de la tripa así como de cardenal de posguerra. En fin. Hay que tener mucha fe para contemplar desde la serenidad semejante encuentro de infierno y cielo. Pero en nuestra amada corrala todo es posible.

En los trullos de las películas y la literatura, los enjaulados se citaban en la misa semanal para urdir planes de fuga y preparar vengativos planes contra los de otra banda. Pese a ello, acudir hasta la sagrada ceremonia suponía sumergirse en un remanso de paz donde los vigilantes bajan la guardia y donde los susurros adquieren matiz de sublime conspiración. «Eh, Joe, no sigas hablando que nos escuchan... Este domingo, cuando la misa, siéntate a la derecha de la fila siete, allí estaré yo y cerramos nuestro negocio...». La misa en el penal es el paréntesis del crimen, el oasis del pervertido y la paz del delincuente. Si en España, católica tierra de santos, faro espiritual de occidente y azote de herejes, un señor preso con aire de monaguillo vitalicio no puede comulgar en su bendita misa, no entiendo nada. Mi pía madre necesita sus misas porque le inyectan vitalidad y sosiego. Es una creyente acérrima y tolerante, ni a mi hermana ni a mí nos obligó a visitar la iglesia cada semana. Aunque siendo yo un gran pecador, aprendí pues a valorar ese respeto hacia el prójimo. Por lo tanto, exijo misa para Junqueras.

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