Las dos orillas

Los catalanes leales a la Constitución son quienes deben tender puentes

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

A lgún día premiaremos a quienes desde hace años pero sobre todo ahora defienden la unidad de España en Cataluña contra el criterio del pensamiento dominante. Hay que tener valor para eso y para asumir que les insulten por la calle, que increpen a sus familias y que les inviten a marcharse de su tierra. Solo por pensar de un modo distinto. Es una kale borroka ambiental, de violencia no física sino psicológica que también existe en el contexto social. Vivir esa situación y no terminar callando o huyendo es un sacrificio enorme. Lo reconoceremos dentro de un tiempo pero tardará en llegar el aplauso.

Escuchar ayer a los portavoces de la oposición en el Parlament poniendo en evidencia todas las contradicciones, incoherencias y falacias del discurso oficial y verlos hablar a cara descubierta hace que crezca el aprecio por esas personas, más allá de las posturas políticas. Decir eso con la conciencia de que los miles de ciudadanos reunidos en la plaza de Sant Jaume o los alcaldes participantes en el happening saben muy bien su nombre y su cara, dice mucho de quienes lo hicieron. Y ése es el síntoma más claro de lo que sucede en Cataluña. Pero no puede ser más triste. Ya están marcados. Y lo estarán, ellos y sus hijos, durante años por mucho que la proclamación de ayer hable de una República catalana solidaria, un proceso constituyente participativo y un entorno de fraternidad. Solidaridad, participación y fraternidad que no han aplicado a quienes estaban en desacuerdo con 'el procés'. Que se lo digan a Núria Roca, apartada de TV3 por burofax, como los tiempos del tipo de la moto que comunicaba destituciones.

Esos, que son considerados traidores por defender la unidad de su país, han de asistir a una hipócrita exaltación de los lazos entre Cataluña y el resto de España presumiendo de lo que nos une y no tanto lo que nos separa. Viniendo de quienes han despreciado a España durante años con total impunidad no puede ser calificado nada más que de cinismo difícil de creer en un ciudadano que ha levantado una valla, un seto y una alambrada y al terminar ofrece magdalenas a los vecinos.

Si algo se va a resentir en adelante, sin fácil desactivación, es la relación de Cataluña y el resto de España. Ése es el principal reto que deben encabezar los representantes de PP, PSC y Ciudadanos: ya que han demostrado ser capaces de sobrevivir a un acoso emocional tan duro deben utilizar ese bagaje moral para ayudarnos a todos a reparar las heridas.

Es la tarea a la que debe dedicarse también el gobierno y los partidos que le apoyan. Sin causar más dolor, devolver a toda España a la legalidad, y sin humillar ni vengar, ayudar a curar el daño producido. Los catalanes leales a la Constitución son quienes deben tender puentes entre las dos orillas que se ven hoy tan lejanas. Ellos saben mejor que nadie lo que es sentirse empujado a saltar de una a otra a la fuerza y sin tener por qué.

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