Orgullo de Valencia

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

El partido en el Camp Nou entre el Barcelona y el Valencia fue de los que hacen que el fútbol merezca la pena. De la justificación de los desvelos, de los argumentos necesarios para irte a la cama sin cenar. Los sistemas dieron paso a la maravillosa anarquía de jugar sin sistemas y sin táctica. Un partido en el que el resultado se decide por el acierto, por momentos puntuales. En el que los dos equipos demuestran que el fútbol, en las ocasiones que lo merecen, se aleja de las pizarras que encorsetan la libertad, la creatividad de jugadores que hacen que el fútbol sea un racimos de pasiones alejadas de la razón. Disfruté de la anarquía, de las ganas de querer ir a por una victoria sin seguir las pautas de lo establecido, de la especulación.

Partidos como el de ayer en el Camp Nou me harán creer de nuevo en esto, de sentir el pálpito que tenía en el patio del recreo, donde la remontada era factible hasta el toque de la sirena que anunciaba la vuelta a clase. Agradezco el gen competitivo que Marcelino ha inoculado en un Valencia reconocible, que ha sido capaz de despojarse de las torpes decisiones de un dueño que todavía no sé si se ha enterado de qué va esto. Mi hijo vibró con la remontada ante el Basilea, aquella causa perdida que le hizo salir del estadio de Mestalla como un irreductible, como un valencianista más para toda la vida. Las fotos de aquel partido siguen en la puerta de mi nevera, imágenes que son testimonio de una de que durará de por vida. El resultado es una anécdota, el mal necesario o el bien exigido para forjar una militancia que nunca se venderá. Vibré al lado de mi hijo, que padeció y sintió cada una de las oportunidades erradas pero que al terminar me dijo: Papá, somos los mejores. Y no hay mayor satisfacción que esa, como cuando viví el gol de Castellanos a Racic, o el empate ante el Goteborg y la ausencia ante el Banik que me afilió para toda la vida.

No pido más que compromiso, que esfuerzo, que lealtad a un emblema, a la devoción de miles de personas que hilaron generaciones en la pasion. Hay gente que pasa del fútbol, que creen que forma parte de aborregamiento de la masa sin saber que es lo que se pierden. Brindo por el Valencia de ayer, incluso en la derrota, porque me hizo vibrar y recordar a una infancia en la que pegado al transistor o en Mestalla hacía que todo lo demás no tuviera importancia. El Valencia cayó en el Camp Nou, dentro de esas cosas que entran dentro de la lógica, pero la derrota afianzó una militancia que hará que el Valencia vuelva, como siempre ha hecho, a honrar a una grada de Mestalla incondicional y generosa. El Valencia de siempre florece y se siente. Incluso alejado de las torpezas de la propiedad. Amunt.

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