Cuando es el órgano el que crea la función

FERRAN BELDA

Aviado va el flamante director de la Agencia Valenciana de Prevención y Lucha contra el fraude y la Corrupción J. Llinares si cree que coordinándose con los demás órganos de control y fiscalización, impartiendo un máster y dos o tres cosillas más conseguirá rebajar el envilecimiento administrativo. En principio porque son ciento y la madre (la Consejería de Trasparencia, la intervención general, la Sindicatura de Comptes, los interventores, secretarios y tesoreros municipales, la fiscalía...) y aún tienen el marcador a cero. Y después porque toda la corrupción conocida y por conocer de estos últimos quinquenios pasó ante sus narizotas y no la vieron o no la quisieron ver. Como tampoco la vieron o no la quisieron ver, salvo contadas excepciones, sus señorías, los jueces y magistrados; las fuerzas de seguridad del Estado y los funcionarios a cuya disposición va a poner ahora el señor Llinares un teléfono de los que no dejan rastro en la factura para que píen. Sí, creo que sí.

Cuatrocientos ojos ven más que dos, alegarán los promotores de esta iniciativa. No diré yo que no. Pero como no hay más ciego que el que no quiere ver. Y es la misma sociedad la que no ha querido, ni quiere ver lo que rompe sus ilusiones y le crea cargos de conciencia, ¿para qué vamos a incrementar la maraña administrativa? ¿Para que luego nos salga rana, como nos salió el anterior director de la Oficina Antifraude de Cataluña, modelo en el que está inspirada la agencia de Llinares? O como nos ha salido Manuel Alcaraz, que aún no se ha estrenado como inspector y lo único que ha empezado a trasparentársele es el habla. «La transparencia es un instrumento para recuperar la credibilidad», aseguró días atrás sin percatarse de un pequeño inconveniente. Y es que dicha reparación la estamos pagando a escote. Y nos va a salir muy cara.

A Joan Llinares le conocí yo discutiendo hasta los céntimos en la editorial Bromera. Pero como las Cortes le dijeron que pidiera por esa boca, no se ha cortado un pelo. El organigrama que presentó a la cámara no puede ser más complejo, aunque a Enric Morera, que antes de presidir el legislativo trabajaba en una empresa donde eran dos y el cabo, le haya parecido de cine. Y lo es: una superproducción de Hollywood. Un director adjunto, tres direcciones de área, una de las cuales subdividida a su vez en cinco subáreas... Un galimatías que confirma que si el órgano no es consecuencia de la función, como opinaba Lamark, sino al revés, nace atrofiado. No hay más que comparar el encargo del Parlamento con lo que estipula Fernando Mairata en su 'Guía para organizar un departamento antifraude'. Mairata no pertenece al MI5 o al FBI sino a una agencia de detectives, pero afirma que, aunque las necesidades varíen en función del tamaño y la actividad, basta con que una empresa cuente con un delegado antifraude para que no se la den con queso.

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