qué divertido

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA

Si existe la potencial audiencia adecuada, una minoría importante de personas mostrará su infamia como si fuera una proeza

VICENTE GARRIDO

El pasado miércoles la jueza Nieves Pérez Martín decidió mandar a prisión provisional comunicada y sin fianza a tres jugadores del Arandina, club de fútbol de tercera división, después de que tanto ellos como la víctima prestaran declaración en el juzgado número 1 de Instrucción de Aranda del Duero. Una menor de quince años les denunció por abusar sexualmente de ella. Se ha comentado que los jugadores habrían realizado una grabación de lo sucedido, pero en el momento de escribir esta columna no se había podido confirmar este extremo. Y es este el asunto que hoy quiero comentar, sea verdad o no en este caso, porque tenemos bien reciente el suceso del peculiar grupo autodenominado la Manada, y hay incontables tropelías que los desalmados corren a publicar en internet, como si, al igual que el famoso chiste, lo importante no fuera realizar el hecho sino darlo a conocer a cuantos más, mejor.

¿Por qué los acosadores, violadores, temerarios de la carretera y otros que han utilizado a seres humanos como objetos de vejación necesitan esa difusión? ¿Acaso no tendría más sentido intentar pasar lo más desapercibido posible una vez que se atreven a violar la ley en mayor o menor medida? ¿No son conscientes de que grabar y difundir sus infamias les pone en la picota frente a la sociedad y agrava aún más la respuesta de la ley, al facilitar su identificación y añadir un nuevo delito al que dio origen a esa grabación? En mi opinión, hay tres razones que explica este curioso proceder, todas tienen sentido si somos capaces de ponernos en la cabeza de esta gente.

La primera es que, para ellos, violar a una mujer o filmarse a 200 kilómetros por hora es una acción que satisface su necesidad básica de sentirse importantes y especiales. Si vemos el careto de quien conduce a esa velocidad nosotros pensamos que es un imbécil, pero él piensa que es alguien grande, porque es capaz de traspasar unos límites que la inmensa mayoría respeta. La segunda es que consideran que las víctimas de agresiones filmadas en realidad merecen pasar por ese trance, y en el caso de los kamikazes simplemente el concepto de «puedo dañar a otros» no entra en su esquema mental. En otras palabras: los que graban sus hazañas están creando un relato en el que la violencia está justificada y ellos son los idóneos para protagonizarlo.

Finalmente, estos tipos creen que lo que van a mostrar al mundo es algo divertido y que habrá gente que lo apreciará. Por desgracia, en esto último tienen razón: son pocos los que sin ninguna aprobación de los grupos con los que se identifica se atreven a poner en peligro su vida y su libertad. Pero si existe la potencial audiencia adecuada, una minoría importante de personas mostrará su infamia como si fuera una proeza. Y al tiempo conservan un trofeo: el 'replay' inacabable, para el solaz de su espíritu.

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