¡Eh, señor!

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Salgo desde el adosado frente al mar que recoge mi osamenta relativamente temprano para dirigirme a una de esas tiendas playeras que venden tomates, leche, pan, cebollas, carne, sillas plegables, toallas y... prensa. Cuando asomo el morro a la calle, acompañado por el chacoloteo de las chanclas, mi primer gesto consiste en enchufarme ese pitillo que sabe a victoria. En ese trance me cruzo con varios corredores enfundados en sus mallas fosforescentes. El veneno y el deporte. A lo mejor este es el famoso 'Choque de las Civilizaciones' analizado por el sesudo Samuel P. Huntington.

Ayer, en plena ruta, una mujer me abordó algo desesperada: «¡Eh, señor! ¡Señor, por favor!» Se acercó: «Por favor, señor, ¿me da fuego?» Encendido su cigarrillo, se marchó relajada y agradecida. Proseguí mi senda y entonces caí en un detalle terrible: esa mujer era más mayor que yo, sin embargo me había colocado un 'señor' tremendo. Recuerdo, todos recordamos, la primera vez que un chaval nos llamó de 'usted' porque ese instante marca un punto de inflexión en nuestra vida. «¿Me da usted un cigarrito?», me dijo hace siglos un jovenzuelo. Pasmado yací al comprobar que mi condición de presunto joven se acababa de evaporar. Lo asumí, qué remedio. Pero ahora he superado otra frontera, ahora ya soy talludo incluso para la gente de más edad que yo. Ahora ya no rejuvenecen ni las chanclas, el pantalón corto, el bronceado y la camiseta. Ahora ya navego en otra liga y convendrá apechugar con el mayor donaire posible. Cuando una educada mujer de edad provecta te casca un 'señor' como quien te acuchilla con una cimitarra, quiere esto decir que ya no hay escapatoria y mejor meditar acerca del transcurrir de los años. Vamos, que este señor, o señorito, se larga dos semanas de vacaciones. Señoras, señores, nos vemos en septiembre.

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