La sordina

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Siento una suerte de admiración algo cateta hacia esas personas que se deslizan entre las sombras de las bambalinas del poder sin producir el innecesario ruido que atrae las miradas indiscretas y las voces acusadoras. Qué arte. Esa habilidad requiere un espíritu muy Fouché. Se sitúan en la cima de la pomada que corta el bakalao, manejan los hijos mediante esa divina mezcla de suavidad y firmeza, manipulan con notable sutilidad y, naturalmente, consiguen bicocas y canongías sin levantar, insistimos, recelos de furia y ruido.

Narcís Serra, aquel ministro que se libró de la mili por pies planos (si no recuerdo mal, y si me equivoco que me perdonen), aquel político de timbre ligeramente gangoso que pulsaba las teclas del piano en sus ratos libres con bastante donaire, ha escapado del linchamiento habitual que sufren, con razón o sin ella, los gerifaltes de las entidades bancarias que petaron por su voracidad ladrillera, por sus delirios de grandeza, por la presunta impunidad que les amortajaba. Mientras otras entidades y otros ejecutivos recibían fustazos y zapatazos, mientras soportaban penas de telediario y les sometían a un escarnio público de atrezzo medieval sólo que reforzado gracias a la moderna tecnológía, Serra y la catalana entidad que presidía caían en un dulce olvido. No gozaron las entidades valencianas ni los paisanos chanchulleros que las dirigían del mismo trato. Sin embargo, unas gestiones apechugan con nuestras legítimas quejas y otras salen indemnes del entuerto. ¿Unos nacen con estrella y otros estrellados? Prefiero creer que unos saben desenvolverse con astucia en el pantanal y otros se hunden bajo la dentellada de las arenas movedizas. Aún así, el diferente rasero que se aplica asombra. Narcís Serra siempre tocó el piano con sordina para no molestar a los vecinos. Será eso.

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