Sonriente Turbachusma

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Turbachusma de chiquillería y ociosos chandaleros frente al cuartel de la Guardia Civil. «Muerte a la asesina», braman. Algunos han arremetido contra la puerta para expresar su indignación. Los valientes del último minuto siempre dan asco. De repente, perciben que les están grabando para un canal nacional. Sonríen, se propinan codazos que dicen: «mira mira, la tele está aquí», desenfundan su móvil para grabar a a su vez al que registra las imágenes que vemos en el informativo estableciendo así un bucle chabacano que certifica el carácter exhibicionista de nuestra sociedad. Si no se graba el asunto este no existe. La turbachusma vuelve a sonreír. Están de gran carnaval, de romería, de fiesta. Por fin algo emocionante en el pueblo, algo que les rompe la rutina y les saca del anonimato. Ya son famosos, aunque sea a costa del dolor y del peaje de sangre. Ya son famosos. Lo han logrado. Sonríen otra vez. Pero no todos mostraron un comportamiento tan deplorable. La desaparición del pequeño Gabriel provocó una ola de sincera solidaridad que cristalizó en miles de voluntarios que acudieron para participar en su búsqueda. Personas honradas que, ante el fatal desenlace, regresaron cabizbajas a su hogar con el velo del pesar nublando su mirada. Gentes que no tuvieron ganas de enchufar el televisor porque les repugnaba el espectáculo grotesco de los aficionados al linchamiento. Los jirones de España negra esgrimen sus telefonillos para retratar el aquelarre y rellenar así el vacío de sus vidas espoleado por una muerte ajena. Ira populachera y vergüenza colectiva. Los gerifaltes políticos, más finos, tiran de tuit para expresar su infinita pena ante el crimen. Practican el 'bienquedismo' habitual de redes sociales. Espero que se retraten en el Congreso cuando el debate sobre la cadena perpetua revisable.

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