Mastermanía

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Primero fue la titulitis y luego la mastermanía. De la calidad de la enseñanza o de la pasión hacia el aprendizaje que debía de mostrar el alumno, convenientemente espoleado por el profesorado, poco o nada se hablaba. Primero nos convertimos en una inmensa fábrica de expender títulos y luego en una sucursal que repartía el máster, cualquier máster, algo de máster, como si este fuese el blasón que certificaba la sabiduría del alumno. Y al final, en fin, qué les voy contar, hemos asistido a la degradación absoluta de las firmas falsas.

El mundo al revés. En general, era el alumno, sobre todo el de primaria o el del instituto, el que falsificaba la firma de los padres con el boletín de notas. La cosecha de calabazas desaconsejaba enseñar las notas en casa, así pues se recurría a la fasificación o a la pericia falsificadora de algún compañero. Terminado el curso el pastel saltaba y el dramón familiar, justo con las vacaciones a la vuelta de la esquina, resultaba apocalíptico. Se trataba de retrasar la bronca huyendo hacia adelante con esa rúbrica simulada, pero no había escapatoria y la furia justiciera de los padres nunca compensaba. Con el máster de Cifuentes, movida en verdad cochambrosa pero muy entretenida, no me aclaro desde qué elevados estamentos vienen esas firmas falsas, pero ahí yacen, y como imitación son un verdadero desastre, el experto falsificador de mi segundo de BUP lo habría hecho mucho mejor. Al menos todo este dadaísta asunto de los másters, historia de vanidades curriculares y rencillas políticas, sirve para que por fin la opinión pública averigüe que algunos se conceden un poco a tontilocas y que su prestigio iguala al del papel higiénico. La mastermanía, enésima chorrada de nuestra sociedad ávida en aparentar y obsesionada por fingir. Del placer de aprender, nadie habla.

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