LENTITUD DE CLÁSICO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El coro de plañideras afila sus lágrimas de cristal hipócrita. Cierra una librería singular en Valencia y ahora asistiremos al llanto colectivo, al crujir de dientes y al lamento general. Oh, gran conmoción, chapa una librería, qué drama. Pero si todos los que lloriquean hoy hubiesen comprado libros estos últimos años el local de la venerable tinta habría resistido.

La culpa, ya se sabe, siempre es del otro, o de las turbias circunstancias, o de la mala suerte, o de las conspiraciones letales. Pero me huele que tenemos los políticos que merecemos, los programas de tele que consumimos y el ambiente cultural que fomentamos. Instalados en la queja, perdemos fuerza y autoridad moral escupiendo palabrería. Tendemos a confundir cultureta con cultura, y los rasgos definitivos de la cultureta cristalizan en su pasión hacia la llantina y su querencia hacia la golosa subvención. Así nos va. Entre los estantes de la librería Leo encontrábamos un oasis de verdadera cultura. Compraba allí regularmente. Hace unos meses me agencié una selección de los diarios de Paul Léautaud. Pillé uno para mí ( lo tenía en francés pero aproveché que por fin lo habían traducido) y otro para regalar a un íntimo amigo que lo disfrutó. «¡Qué bueno es este escritor!», me comentó el amigacho. Experimenté gran placer al responderle «¡te lo dije!», pues nada nos place tanto como entonar esa sentencia que nos concede la razón. Hace dos semanas conseguí en esa misma librería una espléndida edición de 'Cuadernos de Rusia', del fascinante Dionisio Ridruejo. De paso encargué un ensayo de Revel que, me temo, no llegará a mis manos a través de ese cauce. Visitaba y compraba a menudo en Leo. Me gustaba el sosiego del local. No admitían folletines idiotas ni libros de autoayuda imbécil. Se suicidaron, pues, con lentitud de clásico.

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