LA DACHA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los gerifaltes comunistas de la URSS conseguían la famosa dacha, o sea la residencia campestre, como premio a su docilidad ante la sanguinaria dictadura. El pueblo sufría estrecheces y aniquilamiento, pero ellos se largaban a la dacha los fines de semana hasta que la siguiente purga les fumigase. Estos jefecillos bermellones suplantaron a la aristocracia zarista, pero la gente, ah la gente, no mejoró su existencia.

Irene Montero y Pablo Iglesias han recogido esta tradición de la dacha comunista con un toque de despotismo ilustrado, el famoso «todo para el pueblo pero sin el pueblo». Se acabó lo de vivir en el barrio entre el personal currante bajo la brumosa polución y la sinfonía de bocinas del tráfico rodante. El campo. La urbanización de verdes praderas. El aire puro. El trino matutino de los pajaritos. Y ese chaletazo, esa dacha que cuesta algo más de 600.000 pavos. Ay ay ay. Qué sofoco. Llegaron a la política para cepillarse a la casta y los modales de casta les engulleron rapidito. Si un derechista se compra una propiedad de 600.000 euros sin duda es un fascista y un explotador desalmado que abusa de la clase trabajadora; si en cambio se lo agencia un izquierdista está en su perfecto derecho y, además, ¿qué pasa, acaso por ser de izquierdas tiene que habitar una chabola? No, claro que no, pero sí cabe exigirle un poco de coherencia. Según el pensamiento pablista los moradores de chalés eran personas bajo sospecha porque se aíslan del mundanal ruido y eso les impide percibir el rumor que se cuece entre la tropa. Irrumpieron en la política para limpiar el ambiente, luego se marcharían para no ocupar los cargos dejando vía libre a la siguiente hornada revolucionaria. Con el hipotecón que deberán pagar estos no sueltan el escaño hasta la jubilación. Ya tienen su dacha de líder comunista.

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