A fuego lento

A fuego lento
Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Existen en torno a la Navidad una serie de flecos que alimentan una suerte de folclore laico muy del gusto popular. Los buenos propósitos de principios de enero que se desinflan como el buche de un bocazas y la gama de supercherías destinadas a fertilizar la buena suerte del nuevo año me siguen sorprendiendo. Cenar nutritivas lentejas, vestir ropa interior roja, parece ser, representan talismanes que propician la buena fortuna. Aquí nos fiamos más de la buena suerte que del trabajo, el talento y el esfuerzo. Le pregunté a una amiga americana afincada aquí hace diez años qué pensaba sobre las colas para comprar lotería navideña. «Me quedé alucinada. Sin duda sois gente optimista. Eso me dije», contestó. Para burlarme un poco de ella le repliqué: «Tú eres una calvinista práctica».

Observo, sin embargo, con cierta añoranza, la desaparición de los videntes que se colaban entre los habituales resúmenes para establecer sus pronósticos. Durante un tiempo no demasiado lejano los videntes dominaron el cotarro televisivo y sus palabras adquirían peso casi científico. Sus paparruchas distraían, lo malo era que una parte de la ciudadanía les escuchaba con veneración. La propia realidad se ha encargado de fulminar estos alquimistas patateros, pues resultaba imposible deducir los descalabros que nos han sacudido, tanto en lo económico como en lo político. Una cosa era predecir la separación de unos famosos, y otra adivinar el abismo de la crisis o la cachonda irrupción de Tabarnia/Freedonia. Los videntes han quedado, pues, desautorizados sin remedio. Ni siquiera vieron llegar su ocaso. Ahora los videntes se extinguen en favor de una raza que abunda: los cocineros parlanchines que nos queman a fuego lento con la munición de su infinito recetario. Casi prefería el frikismo de los adivinadores quincalleros.

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