Estampas insuperables

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Me sumió en una melancolía algo bobalicona lo que para la mayoría supuso un maravilloso avance. Me refiero al chirimbolo ese que te pastoreaba mientras conducías en pleno viaje. Gire a la derecha, quinientos metros más allá tome la salida ZP11 y luego salga a la altura de la rotonda... Ah, qué asco.

Ese dispositivo se cargaba el placer de preguntar a los lugareños y, sobre todo, el chispazo desconcertante de perderse atravesando carreteras comarcales de, por ejemplo, Guadalajara. Erradicaba la tecnología el supremo gozo de pisar el bareto de un pequeño pueblo donde te miraban como si hubieses aterrizado a bordo de un platillo volante. La condición de «forastero» atraía todas las miradas del local, y cuando saludabas, cuando te acercabas a la barra para pedir una caña y la tapa típica, todos acudían para ayudar, con lo cual tu confusión aumentaba, en efecto, pero al menos te llevabas una impresión acerca de ese paisanaje y de eso se trata cuando viajas un poco a la aventura. Las máquinas se han adueñado de nuestras vidas y conmigo que no cuenten. En Dinamarca, modelo vitaminado para segregar tusnamis de babas progres, desde los dieciséis años puedes cumplimentar todos tus papeleos vitales empleando el ordenador allá en tu morada. La persona, fumigado el factor humano, se convierte, pues, en un apéndice de la maquinita. Tanto era así que incluso se podían divorciar pulsando una tecla del ordenata, sin necesidad de enfrentarse al otro, escoltado por el abogado. Qué progreso tanta pulcritud, asepsia y rapidez. Ante el subidón de divorcios el gobierno acaba de enchufar una norma que dilata tres meses el proceso de la ruptura. Espero que, al menos, las parejas puedan así arrojarse los trapos sucios a la cara en esa estampa casi tan insuperable como la de pedir ayuda en una taberna singular.

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