El baratillo

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

A lo mejor deberíamos refrenar un poquito ese olímpico desprecio entre amnésico y carcamal que nos embarga a la hora de juzgar a los visitantes de baratillo que toman nuestras plazas. Nos hemos vuelto muy finolis, insisto, y sólo deseamos recibir en nuestra tierra siluetas recortadas contra el atardecer de turistas millonarios sujetando una novela de Stendhal mientras hablan entre susurros de pura educación. Ignoro si ustedes, de jóvenes, viajaban a todo trapo durmiendo en hoteles de cinco estrellas y con la limusina esperando en la puerta. Yo, desde luego, no. Recorrí Europa con amigos y el autobús era nuestro aliado. Llegábamos a las ciudades con el culo cuadrado, insensible. Para pernoctar tirábamos del amigo del amigo de un amigo, por si colaba y nos prestaba un sofá, un jergón, una esquina en el pasillo, y si esto no era posible acudíamos al albergue más cutre del lugar. No es que fuésemos agarrados, es que a los 18 o 20 años la pasta escaseaba. Zampábamos bocatas y toneladas de patatas fritas. Más tarde atravesé el sur profundo y cateto de Estados Unidos y elegíamos el motel más barato. Cuando nos duchábamos siempre temíamos la irrupción de Norman Bates dispuesto a acuchillarnos, de tan lóbregos como eran esos antros. Por no gastar ni siquiera consumíamos perritos calientes callejeros. Con un hornillo de camping y una sartén confeccionábamos nuestros mejunjes. Ahorrar era nuestra divisa porque no teníamos otra opción. Pero disfrutábamos como bellacos porque cada día suponía una nueva aventura, un reto, un desafío divertido que nos convertía en buscavidas profesionales. Como la vida exuda su tono de bromazo irónico, ahora que podría viajar a lo grande ya no me apetece porque me parece un coñazo, sin embargo no seré yo quien critique el turismo de baratillo. Yo vengo de ahí, y a mucha honra.

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