DIGNIDAD ARTIFICIAL

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los expertos del ramo infantil recomiendan lo que el sentido común nos indica o debería indicarnos; esto es, a los pequeñuelos conviene decirles «no» de vez en cuando, sobre todo cuando las excesivas concesiones les catapultan hacia la esfera de los caprichos que suponen una merma de las arcas familiares. Ofrecer una negativa a las criaturas forja su carácter y les ayuda a eso que llaman pomposamente «crecimiento personal» y que nosotros traducimos por un simple «que no se vuelvan tontos de remate mientras crecen». Los niños acostumbrados a salirse siempre con la suya maduran en seres cojitrancos que no soportan un ligero fracaso, un leve contratiempo, un breve traspiés. Un nene de mamá y de papá y del abuelo y de la abuela, que hoy tienen muchas faldas y muchos pantalones a los que agarrarse para conseguir su meta, satisfecho plenamente de sus demandas, se transforma un monstruito de perfil tiránico. Los partidos nacionalistas catalanes y vascos, con ínfulas independentistas más o menos camufladas, desde el inicio de nuestra joven Democracia acomodaron sus aspiraciones engarfiados en los mimos del nene consentido. Ellos pedían y Papá Estado derramaba su sabroso zumo de vil metal. Ellos exigían y Mamuchi Estado amamantaba desde su teta fértil. Ahora que el PP, en un acto que rompe su tradicional cobardía, prepara desde el Senado esas enmiendas que chincharán al PNV, estos se revuelven mientras se empapan de una artificial dignidad que nos produce risa. Hablan de «revancha» y de «venganza» y en estas quejas observamos que, como esos pequeños que son el rey de la casa, la mala costumbre de gozar de perpetuo enchufazo les trastorna el entendimiento. Que ellos traicionen resulta higiénico, pero si les devuelven el golpe lo consideran un atropello y lloriquean, hipan y se escandalizan.

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