LA DESTRUCCIÓN ES SU DIVISA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Ante la perspectiva de la cuartelera obediencia ciega y, en aquel entonces, sospechaba que en ocasiones brutal, del servicio militar obligatorio (en adelante «mili»), me apunté raudo a la objeción de conciencia. Soy objetor de primera generación y también becado Erasmus de primera hornada. Curiosas casualidades de la vida. Por supuesto, en cuanto a abrazar la objeción soló me impulsaban ansias de noble escaqueo. Pernoctar en un galpón con 200 tíos y 400 pies segregando aromas espesos, como comprenderán, sepultaba cualquier ímpetu patriótico, guerrero, solidario o lo que fuese. Qué horror, esa pérdida de intimidad.

Sin embargo, el regate que le efectué a la mili así como por la cara jamás me impidió apreciar a los militares. Si la obligación del preso es fugarse, la de un joven con aspiraciones faranduleras consiste en disfrutar de cierta libertad para que sus anhelos fructifiquen. Por lo tanto, con el tiempo, he cultivado amistades entre los uniformados de nuestro ejército y les aseguro que disfruto con su vasta cultura, su profunda tolerancia y su amor a la patria. Hace décadas que el ruido de sables de las salas de banderas se disipó. Hoy, los oficiales, para acceder a las academias del ramo sufren un filtro que sólo superan los mejores. Dominan idiomas y lucen, frente a los másters bastardos, varias licenciaturas. Si Compromís desea despojarles del edificio de Capitanía esto sólo se entiende porque rezuman resentimiento y se decantan hacia la venganza. Les fertiliza el odio. Los prejuicios les esclavizan. Nuestro preparado y demócrata ejército, ese «coloso triste» como escribió Umbral, mantiene su fulgor entre la gloriosa decadencia de sus sacrosantos edificios. Eso es lo que les jode a los de Compromís y por eso pretenden despojarles de su tradición. La destrucción es su divisa.

Fotos

Vídeos