Cuchilladas

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Caminaban juntos tejiendo una pandilla muy de verano azul y sonreían y se abrazaban y se besaban y se aplaudían unos a otros en alardes de hermandad y amor puro. Todas sus exhibiciones de cohesión pastelera las efectuaron recién aposentados en las poltronas que venían a regenerar o a dinamitar en el nombre del pueblo y de la gente. Pretendían triturar la casta y la casta les engulló en breve tiempo.

Bescansa, Errejón, Iglesias, Espinar, los anticapitalistas que naturalmente cobran del capitalismo, en fin, la antaño alegre cuadrilla se resquebraja y estallan las conspiraciones tras aquellas purgas que orillaron a Errejón y los suyos. Se instaló el mal rollo y hace sólo unos días irrumpió el macho alfa, el amado líder de puño de hierro que practica la típica crueldad bolchevique, para mascullar lo de «ni media tontería». Caray, cómo está el patio. Ese «ni media tontería» no era sino una evolución chusca de «el que se mueva no sale en la foto» de Alfonso Guerra. Aprovecharon el dolor de la crisis para vender sus burras y obtener golosos beneficios. Y cayeron ante los pecados habituales de los veteranos políticos profesionales; esto es, dedicarse a las intrigas y a las luchas por el poder en el partido. En vez de trabajar para aliviar a los desfavorecidos, en vez de mejorar la situación, se han dedicado a la propaganda, a las riñas, al postureo y a las maquinaciones. Ninguna diferencia, pues, entre estos falsos salvadores y sus colegas de otros colores. Por suerte para la higiene colectiva se autodestruirán porque viven encapsulados en las mezquinas cuchilladas del auténtico estalinismo. No lo pueden evitar. Va en su naturaleza. Lo malo es que se han acostumbrado al sueldo público y no parece que, en un arrebato de dignidad, abandonen el escaño. Allende las fronteras de la casta hace mucho frío.

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