BOCHORNO VENGATIVO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Así por generalizar, se diría que los españoles navegan/navegamos entre el individualismo más feroz y el cobismo más atroz. Admiramos al que manda, al ricachón, al que luce un cochazo deportivo último modelo, al futbolista triunfador, al sacamantecas de altos vuelos...

Estos arrebatos irreflexivos, meridionales, se reflejan a la hora de bautizar calles, hospitales, buques de la armada, salas de conciertos o megafistros de contenido difuso. Acabada la guerra civil la arrogancia cobista alcanzó la cumbre del tono pelotillero. Desde la capital del Reino hasta la aldea más humilde todas las plazas pasaron a denominarse Plaza del Caudillo. Semejante ejercicio de sumisión creo que ni en la China de Mao estalló. Y me huele que las autoridades del momento no necesitaron ejercer su implacable poder al remover los mecanismos de su mando, sospecho que una corriente chepuda traspasó las columnas vertebrales de muchos paisanos que deseaban quedar bien, muy bien, con la sombra del dictador. Conseguida la democracia se erradicaron los rastros del franquismo y explotó la pasión monárquica. El nombre de los Reyes, las Infantas y el Príncipe ornó edificios de todos los tamaños y los calibres. Se celebraba con notable gozo la presencia de algún miembro de la familia real cuando la inauguración correspondiente. Los mismos pelotas con diferentes collares. Sin embargo, esto de borrar nombres ya instalados abochorna un tanto porque también revela nuestro carácter veleta y un poco resentido. La Marina Juan Carlos I extirpa el nombre del monarca emérito y otro tanto puede suceder con la parada del tranvía. De no haber sido tan propensos al lametón no precisaríamos ahora de estas pequeñas, vergonzosas venganzas, de corte republicano. Navegamos, pues, entre el individualismo, el cobismo y el bronco rencor. Lástima.

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