Aquellas resacas...

Aquellas resacas...
Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Me encanta levantarme relativamente temprano el primer día de enero y pisar la calle para comprobar ese efecto 'bomba de neutrones' envolviendo el barrio. Lo malo es que no encuentra uno nada abierto, ni tampoco la diaria ración de papel y tinta con la que chutarse para recibir los iniciales estímulos que son el combustible de nuestro motor. Con lo cual, si no tengo la suerte de cruzarme con una panda de perjudicados beodos zigzagueando, a los que observo con la pasión del naturista que retrata las dentelladas de los cocodrilos del Serenguetti, regreso pronto, culminado el ritual, para apalancarme en el sofá y leer un rato.

Me fascina el silencio que brota de la ciudad comatosa y el sosiego de resaca que se filtra desde los imbornables. La resaca es la compañera fiel de estas fechas y no olvido mis propias resacas de tiempos crapulescos. Me fascina la resaca porque la sensación de albergar un millón de diminutos seres malignos dedicados a clavarte alfileres en cualquier rincón del cerebro es una experiencia tan desagradable como única. La resaca supone apechugar con el jolgorio de la noche anterior, y el arrepentimiento que te traspasa mientras sufres sus efectos, ese «no lo haré más», es una suerte de penitencia laica, cruel y prolongada que confirma no sólo tus pecados, sino tu deseo de redención. Nuestra cultura católica, en efecto, refuerza la devastación resacosa porque afecta no sólo el lado físico, sino el mental, y ese duele más. Ahora que arrastro existencia de pequeño burgués con chimenea creo que añoro aquellas resacas salvajes, pues durante dichos trances, de entre la confusión migrañosa, extraías ciertas conclusiones. Las resacas que nos sacuden ahora te alejan del garrafón, las relacionamos con el devenir económico y político, de ahí su carácter más sucio y nada nostálgico.

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