AGALLAS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Con el ambiente saturado por el incesante barullo casi ni nos habíamos fijado en el sueño eterno de Tom Wolfe, ese autor que descubrimos en plena juventud porque era capaz de escribir sobre los coches tuneados de California, algo que, por aquí, a mediados de los ochenta, nos asombraba. Aunque ya no recuerdo que nos sorprendía más, si un tipo capaz de escribir sobre coches o que hubiese gente dispuesta a personalizar su vehículo. Ambas cosas, en realidad, nos resultaban abracadabrantes.

A lo mejor el nuevo periodismo era eso, fijarse en lo que se cocía en la calle y erradicar la pompa, la pedantería y el tufo a polilla que tantas veces acompaña la literatura considerada «seria» que luego pasa con singular rapidez hacia el abismo del olvido. Pero quizá el mejor Tom Wolfe irrumpía cuando clavaba su bisturí sobre las chepas de la tribu progre. Se burlaba de ellos con verdadero ingenio y le debemos demoledoras expresiones como «marxismo rococó», «izquierda exquisita» o «radical chic». Nunca se lo perdonaron y entonces le acuchillaron tildándole de ultraconservador. Cualquier crítica hacia la izquierda, ya sabemos, te coloca inevitablemente en la derechona más caspa porque las leyes de lo políticamente correcto son así de implacables. Si les disparan con sarcasmo justo donde más duele se revuelven venenosos e intentan arrastrarte hacia el exterminio. Quim Torra me recuerda al protagonista de 'Todo un hombre' y la pareja formada por Irene y Pablo arde ahora mismo en su propia hoguera de las vanidades. La influencia de Wolfe alcanza nuestras tierras, nuestras costumbres. Su mirada faltona nos sirve de ejemplo. Con los mimbres de la disparatada España de hoy tejería uno de sus novelones y nos troncharíamos. No parece que ninguno de nuestros escritores pueda usar tan fértil material. ¿Faltan agallas?

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