16 AÑOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Es conocida la desaforada pasión que sentía Elvis Presley por su madre. En esto, el rey del rock de Tupelo, Misisipí, segregaba cierto tono mediterráneo sin saberlo. En cambio no mostraba la misma querencia hacia el padre... Se le atribuye una frase respecto a su progenitor que me encanta: «A mi padre no le obligabas a trabajar ni aunque le apuntases con una pistola en el cogote...». La frase, tan bárbara y de sur profundo, suena a diálogo de novela de Barry Guifford.

Me acojo a esa sentencia y desde luego ni aunque presionase mi nuca el frío cañón de un revólver me obligarían a regresar a mis 16 años. «Dispare usted, pero no me haga retornar a esa época...», creo que mascullaría. Salvo excepciones militando en el ámbito de los cráneos tan precoces como privilegiados, a los 16 años somos un amasijo nervioso esclavizado por el carrusel hormonal y los disparates. Ni sabemos quiénes somos, ni lo que queremos, ni hacia dónde vamos. La confusión, la inseguridad y el despiste representan nuestro estandarte y la atroz edad del pavo produce monstruos que tardan en disiparse. Los de Podemos plantean, y lo plantean en serio, que se pueda votar con 16 años. Entiendo que a esas edades húmedas y tiernas resulta fácil manipular, convencer, fertilizar anhelos mediante palabrería estrepitosa. Por otro lado, en las últimas décadas hemos asistido a una imparable infantilización de la sociedad. Se huye de cualquier rastro de responsabilidad mientras se busca la eterna protección de la mamá y el papá biológico, así como la del Papá-Estado, para escamotear las decisiones de nuestra vida. El debate debe abrirse, sí, pero en esta sociedad nuestra de parque de atracciones y redes sociales, a lo mejor convendría discutir sobre si se aumenta la edad de acudir a las urnas para recuperar los 21 años de mayoría de edad...

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