MENTIRAS IMPERIALES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El eco de su risa todavía retumba en mi cabeza. Su carcajada sonaba sincopada y artificial, arrullada por el tembleque de su rotunda panza preñada de falsa felicidad. Contemplar a todo un ministro de economía, Solbes, mentir con descaro y desfachatez en aquel debate junto a Pizarro, sonrojaba. «Si no toman ustedes medidas el paro se disparará hacia los cuatro millones...», dijo Pizarro. Y Solbes, ja-ja-ja, carcajeaba mientras le acusaba de catastrofista. En algo sí falló Pizarro: el paro conquistó la cifra de cinco millones.

Quizá ese fue el punto de inflexión en nuestra democracia; esto es, un gerifalte mintiendo a propósito, un señor ministro desgranando trolas para complacer al sector de votantes que no deseaba escuchar la verdad cercana que les rompía la burbuja de ilusión, hipoteca y mundo feliz. Hasta entonces, asumíamos las mentirijillas jalonando el verbo de cualquier político barriendo hacia su casa. Era lo habitual. Con Solbes la mentira adquirió proporción imperial. Esa misma onda nos sacude ahora que han entrullado a los golpistas. Escuchar a ciertos líderes como Pablo Iglesias, Ada Colau y el resto de sus palmeros produce hondo pesar. Mienten y saben que mienten, sin embargo no les importa intoxicar al prójimo. Generan lío para conseguir réditos. España ni sufre déficit democrático ni castiga por las ideas. Cacarear acerca de presos políticos revela la asombrosa mezquindad de estos sujetos. Por si fuera poco, que un menda hipermusculado por la financiación de un país, Irán, experto en colgar a los homosexuales desde grúas en edificantes espectáculos públicos, se dedique a repartir bazofia indica la podredumbre que anida en su sesera. La Justicia ha funcionado y sólo cabe respetar un auto impecable y meditado. Y frente a las carcajadas gallináceas, de eso trata la democracia.

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