arrastrar los pies

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Albert Rivera empuja y estimula a dos partidos-elefante, cansados y faltos de ánimo para abordar las grandes reformas pendientes

arrastrar los pies
Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

En la rueda de prensa que Albert Rivera dio el pasado viernes para despedir el año, utilizó la metáfora 'arrastrar los pies' que define perfectamente, desde mi punto de vista, el estado de ánimo en que se encuentra desde hace algún tiempo el Partido Popular e incluso el Gobierno y su presidente, Mariano Rajoy. Arrastrar los pies es un signo muy claro de los cansados, de los que no tienen muchas ideas que transmitir o aplicar, o de los que se han quedado paralizados por el asombro o por una contrariedad muy dura.

Así vemos que está el Gobierno, desde luego, desde el otoño. Cansadísimo, como casi todos, del problema catalán; sobre el que se aplicaron medidas de una manera lenta, parsimoniosa, llena de tanteos y dudas. Y sobre el que, ahora, a la vista de los pobres resultados electorales en Cataluña, parece que se amontonan muchas más dudas y titubeos.

La misma metáfora de arrastrar los pies ante decisiones de importancia que espera la gran mayoría nos valdría también para el PSOE, donde la duda sobre el nacionalismo es menú del día, desde hace años; hasta el punto de que no es fácil saber cuál será, en este mes de las decisiones parlamentarias en Cataluña, hacia qué lado caerá su destino.

Albert Rivera, sin embargo, no quiere arrastrar los pies. Armado con las virtudes de los jóvenes, se muestra ágil y disponible, atrevido. Y convencido de que su papel está en impulsar a los dos partidos-elefante a que muevan el trasero con determinación y acaben con varios problemas tradicionales de España.

Sabe que a cada paso que da se está quedando con puñados de votos del PP y del PSOE. Pero sabe, sobre todo, que si existe es porque hizo unas promesas que tiene la obligación de intentar cumplir. ¿Hay que equiparar, por ejemplo, los sueldos de policías y guardias civiles con las privilegiadas nóminas de policías catalanes y vascos? Pues vamos a ello, aprisa y sin complejos, con determinación. Y sobre todo sin miedo de que los partidos constitucionales formen un bloque de acción, visible y evidente, porque esa virtud nos va a servir para muchas cosas más que tampoco admiten espera.

La reforma de la ley electoral, los cambios en los aforamientos políticos, la nueva financiación autonómica, son asuntos de calado nacional que exigen acción desde hace docenas de años. Y ante los que los dos partidos clásicos se muestran siempre lentos, reticentes y cansados. El concurso de un partido joven y decidido es un acicate nuevo, que viene reforzado por ese mazazo catalán donde Ciudadanos se ha mostrado fresco y brillante. Convertir la experiencia catalana en un abanico de oportunidades para reformar los aspectos más enquistados de la política es una necesidad y un reto del nuevo año. Para el que se requiere el gesto innovador de los que no arrastran los pies. Porque además, como dice Rivera con gracia, son «reformas que no cuestan un duro».

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