ROGATIVAS A EOLO

No parece que el Ayuntamiento disponga de otras medidas para rebajar la contaminación que se ha instalado sobre nosotros

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Tanto quejarnos de un ayuntamiento descreído y falto de fe y nos tenía engañados a todos. No es cierto que reniegue de las fuerzas sobrenaturales. Aparte de creer ciegamente en la movilidad etérea, también cree, al menos, en uno de los dioses del Olimpio: Eolo. Después de tres días pidiendo a los valencianos que no hagan deporte en el río por la boina de contaminación que nos preside, y fiándolo todo a que sople una brisa del mar, no queda otra que hacer rogativas a Eolo. Por muy mal que les venga sacarlo en un anda y ponerse corbata para la ocasión, tendrán que darle una vuelta a la manzana a ver si se anima. Lo digo porque no parece que el ayuntamiento disponga de otras medidas para rebajar la contaminación atmosférica que se ha instalado sobre nosotros. Poco importa que las partículas en suspensión tengan relación con la quema de la paja del arroz en un momento inoportuno en el que ni llueve ni corre aire. Tampoco parece que debamos intervenir en otro de los factores desencadenantes de esa acumulación de partículas en suspensión como son las obras del Parque Central. Como mucho, que los chicos sustituyan las máquinas por cubo y palita para no mover demasiado la tierra, dice el alcalde. Y concluye tranquilizándonos a todos con una confianza extraordinaria en que sople un poquito de aire y acabe con la concentración ilegal de partículas al grito de «¡disuélvanse!».

Mientras tanto, los deportistas siguen llenando el río sin miedo a respirar cosas feas. Lo entiendo. Para los que somos asiduos, lo de ahora no tiene nada que envidiar a intentar oxigenarse con ejercicio cardiovascular en modo Rajoy en su versión más hard, esto es, «me he dejado el cocido al fuego», justo detrás de un grupo que pasea fumando como una comuna hippy. No seré yo quien niegue a nadie el uso y disfrute del jardín, pero calzarse el chándal, bajar al río, luchar contra la humedad con camisetas térmicas y dedicarse a esnifar el humo de los demás es un mal negocio. Sé que es imposible pedirlo, pero un jardín tan especial como el antiguo cauce del río y tan respirado por gentes que corren maratones debería ser un espacio libre de humos. Al menos, tender a ello.

De momento, tenemos la tranquilidad de que el incremento de la contaminación atmosférica actual no es fruto de los humos de los coches, aunque no ayudan nada, ni tampoco el concejal de movilidad insostenible ha terciado en el asunto. Pero van a tener que mimar mucho al dios Eolo -las rogativas de lluvia son demasiado católicas- para que estos episodios no vuelvan a producirse justo en un periodo electoralmente sensible. Para entonces, cualquier medida que suponga restricciones de tráfico o prohibición de coger el coche en una ciudad no acostumbrada puede poner más de un palo en las ruedas del tripartito municipal. Si Eolo entra en campaña, puede convertirse en el mejor aliado de una oposición difuminada. O, quizás, el único.

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