A PUNTO

Lo preocupante es que se convierta en un agujero negro que consuma recursos públicos para causas particulares

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La nueva Ràdio Nou está ya a punto. Eso significa que, en los próximos meses, estaremos entretenidos con la guerra dialéctica entre unos y otros por el uso político que tirios y troyanos harán con ella o contra ella. No hace falta consultar la bola de cristal para verlo venir ni el conflicto aportará nada al debate público de tan previsible que es. Ya lo estamos viendo con la sola posibilidad de que Nova Ràdio Nou se refiera a la comunidad autónoma a la que sirve como «País Valencià». Personalmente me tranquiliza saber que todo está discurriendo por donde sabíamos que lo haría: colocar a los amigos, diseñar un medio a su medida y servir a los intereses de una minoría. Y entre todo ello, usar la denominación 'País Valencià'. Digo que me tranquiliza porque en adelante no me sentiré incómoda por usar los términos no oficiales que más me gustan. Si los medios públicos se refieren al «País Valencià», nadie podrá reclamarme que siga hablando de «Valencia» y no «València» o de «Museo San Pío V» y no «Museo de Bellas Artes». Si desde la Administración no se exige el término oficial para unas cosas, no tendrán autoridad para exigirlas en otras.

El problema no será tanto el futuro adoctrinamiento que, como sabemos, provoca urticaria al PP, como la jibarización de las audiencias que nos sale a todos por un pico. RTVV no murió por la intervención de Fabra. Empezó a hacerlo, de inanición, cuando su audiencia cayó en picado. Lo del expresidente fue la puntilla que la remató cuando daba sus últimos estertores. La atención desmesurada que vivió por el anuncio de cierre la hizo 'reviscolar' pero fue un espejismo similar al que padecen algunas personas durante su agonía. Una «ràdio nova» centrada en música en valenciano, que no es la más escuchada en Spotify, al parecer; en contenidos hiperlocalistas sin mirada global o con una audiencia potencial equivalente a un «aplec» puede resultar interesante, y hasta rozar el servicio público, pero carísimo. No sólo en términos económicos, que podría estar justificado si fuera socialmente compartido de forma masiva, sino en términos sociales. Se queja el PP de que los seminuevos medios van a ser franquicias de TV3. Sin embargo, en nuestro caso hay una diferencia poderosa respecto al contexto vecino. Allí la televisión que más se ve es TV3. Aquí no la veían ni los que ahora la beatifican. Lo hacen porque el cierre brusco y mal planteado la subió a los altares, no porque fuera el medio más seguido por los valencianos. Ni en sus mejores tiempos. Por eso, lo preocupante no es tanto que se convierta en un instrumento del poder -es un riesgo del que no se libra ningún medio público y que confirmaremos en breve- sino un agujero negro que consuma recursos públicos para causas particulares. Y no necesariamente políticas. Si los modos de cerrar la anterior fueron cuestionables, no lo son menos los utilizados para despertar al frankenstein de la otra.

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