El pirulo

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

En esta vida de saltimbanqui farandulero andaba por la redacción de una emisora de radio que ya desapareció y mi compañero de deportes era un tipo apasionado y vocinglero que vivía el balompié como si no existiese un mañana. Marchó en cierta ocasión hacia una rueda de prensa que se adivinaba tormentosa. Cuando regresó, le pregunté por las palabras de ese entrenador en fase de muerte súbita. «Pues lo que ha dicho te lo resumo rapidito: 'pa chulo, mi pirulo'». Admiré su capacidad de síntesis y la precisión de su análisis. «Pa chulo, mi pirulo».

España es una tierra donde se suele valorar al chulo, al chulazo, al chulapón de verbena que pisa fuerte frente al lechuguino miedica. Pero luego irrumpe un verdadero chulo que tritura al prójimo disparando dardos empleando vehemencia y nos frotamos los ojos. ¿En qué quedamos? Rodrigo Rato llevaba los deberes preparados y le colocaron en el ring a unos sparrings que, a su lado, no eran sino pesos moscas de los que besan la lona al primer bofetón. Rato mostró la arrogancia del que se sabe superior, del que constata su inteligencia frente a la mediocridad. Se permitió el lujo de ofrecer lecciones desde un tono perdonavidas como el de Clint Eastwood en aquellos westerns de los 60 rodados en Almería. Ajustó cuentas y marcó varias muescas en la culata de su revólver. Desplegó su artillería y provocó una masacre. Mandaron soldados bisoños para atacar a un veterano curtido en mil batallas y salieron trasquilados. «Es el mercado, amigo», se nos antojó la sentencia de una película de acción justo cuando van a apiolar al malo que encima es tonto de remate. No pudieron replicarle con cierto músculo porque los apabulló. Los niños de una guardería no habrían hecho un ridículo semejante. «Pa chulo, mi pirulo». Y se quedó tan ancho, tan pancho, tan atómico.

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