LA blanca pelambrera

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El formidable actor Jean Gabin fue de los pocos en alistarse bajo la bandera de la Francia Libre de De Gaulle. El buque que le trasladaba hasta Europa sufrió un feroz bombardeo nocturno por parte de los alemanes. Cuando amaneció, la espesa pelambrera de Gabin se había tornado blanca. De golpe. El lógico pavor produce esta clase de efectos. Ignoro si la cabellera de Ricardo Costa encaneció paulatinamente o sufrió una súbita decoloración durante una noche al averiguar que le aguardaba el bochornoso banquillo. Lo que no ignoramos es que una tajada de la financión del triunfante PP valenciano de aquellos años de glorias y fandangos y festejos y maravillas y fuegos artificiales y fuegos fatuos apesta como una rata de cloaca. Y, desde luego, lo que sí percibimos es la saña que reciben los elementos de segunda fila como Costa, tipos que obedecían mansos a sus gerifaltes porque sólo desde la obediencia rotunda se asciende en los partidos políticos. Nos cebamos con el eslabón débil porque intuimos que no pueden devolvernos el bofetón. Nos cortamos con los que mandan de verdad no sea que todavía escondan una bala en la recárama. Destrozar al caído tonifica nuestro espíritu, reconforta nuestro valor artificial. Los del caso Palau o el clan Pujol o las mandangas del 3% de Cataluña no han soportado ni de lejos el mismo vapuleo. De la multimillonaria trapacería del caso ERE de Andalucía nos hemos olvidado. De la Gürtel madrileña se tertulia con la boquita pequeña. Pero lo fácil es masacrar a Costa y considerar a la Comunitat Valenciana como la gran y única campeona de la corrupción. Que la Justicia castigue a los culpables si así se demuestra, faltaría más, pero sospechamos que colocan el foco sobre la chepa valenciana a modo de cortina de humo. Y no somos los más corruptos, ni por cantidad ni por calidad.

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