EL TRIUNFO DE «LA CASTA»

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

A los políticos de izquierdas no hay que exigirles un voto de pobreza, como si por pretender -al menos teóricamente- una mejor redistribución de la riqueza tuvieran que pasar por la vida con lo menos posible, a mitad de camino entre la austeridad y las penalidades económicas. Lo que es respetable como opción religiosa no es exportable a la función pública. Ser de izquierdas no es una variedad ideológica reservada para las clases populares, la gente más humilde. Los discursos dirigidos a «obreros» y «campesinos» han quedado superados por una realidad mucha más compleja que la sociedad de finales del XIX y principios del XX, cuando la victoria del comunismo en la revolución de 1917 incrementó exponencialmente el número de creyentes en una utopía que con los años aniquiló a millones de personas. Actualmente, hasta entre las élites más adineradas es fácil encontrar fervorosos defensores no de una socialdemocracia a la europea sino de soluciones populistas e intervencionistas que lo primero que proponen es incrementar la carga fiscal de las rentas más altas. Al igual que la derecha se nutre de votantes de clases medias que cuando llegan las cíclicas crisis del capitalismo son los primeros en verse afectados por recortes y caída del poder adquisitivo. Los análisis simplistas basados en la diferenciación entre izquierdas-pobres y derechas-ricos no valen desde hace mucho tiempo.

Pero lo que sí es exigible a un dirigente de izquierdas, muy de izquierdas, a un comunista reconvertido, a un político que ha hecho carrera gracias en parte al rendimiento electoral obtenido de la tragedia de los desahucios, es la coherencia moral, el estricto y fiel seguimiento entre lo que se dice y lo que se hace. Si el ático de 600.000 euros de De Guindos invalidaba -desde el punto de vista de Pablo Iglesias- al exministro para dirigir la política económica de este país, ¿qué se puede decir del líder de la 'nueva política' que se presentó como el portavoz de los indignados, de los jóvenes sin futuro laboral y sin vivienda, de los jubilados que ven peligrar su pensión, de los trabajadores que sufren empleos y salarios precarios? Iglesias y Montero tienen todo el derecho del mundo a comprarse un chalé de lujo de 600.000 euros, siempre y cuando puedan pagarlo a lo largo de los próximos 30 años. Pero lo que ya no pueden es seguir presentándose como el azote de «la casta», los legítimos representantes de los humildes frente a los poderosos, porque el ritmo de vida que han elegido les adscribe automáticamente no entre los parias de la Tierra, no desde luego en la famélica legión que se canta en 'La internacional' sino en el clan de los elegidos, de los VIPs, de aquellos -qué ironía- contra los que venían a combatir.

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