PEPE GOTERA RIBÓ Y OTILIO GREZZI

Cargados de maceteros y con el catecismo ecologista en la caja de herramientas van a dejar Valencia niquelada en una legislatura

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Ahora que afortunadamente ya no aspiramos a parecernos ni a Montecarlo ni a Singapur ni soñamos con ser la California o la Florida europea, ahora que las gambas rojas del Mercado Central ya no tienen un Ecclestone que se las zampe con fruición, el alcalde Ribó y su fiel escudero, Giuseppe Grezzi, se han puesto manos a la obra para transformar la ciudad a golpe de pedal y de maceteros. Para ser exactos, y justos, las manos en la obra las pone Grezzi, el ayudante, nuestro peculiar Otilio, mientras que Ribó, el gran Pepe Gotera, es, por así decirlo, el ideólogo, el jefe, el que da órdenes, «¡niñooooo!, aprieta bien esa tuerca, que está suelta», que a los efectos municipales vendría a ser, «¡Giuseppeeeeee, cierra al tráfico una parte de la plaza del Ayuntamiento que con tanto ruido de los coches fascistas no se puede trabajar por la sostenibilidad, la alimentación saludable y el ecopacifismo». Ribó es una especie de guía espiritual, no se mancha las manos, no así los zapatos, que no sé que le pasa pero en las fotos institucionales siempre aparece como si acabara de visitar las obras de ampliación del canal de Panamá. Como el jefe de la cuadrilla de los areneros, manda desde el centro de la plaza, nunca mejor dicho, sin inmutarse, y dirige a sus peones, tú por aquí, mira esa parte que se ha quedado levantada, ojo por allí que está muy pelado... Por su parte, Otilio Grezzi es un buen aprendiz del maestro, un hombre fiel a la causa de salvación ecologista/ciclista que incluso en los días de lluvia torrencial (culpa del cambio climático causado, otra vez, por la circulación fascista) se enfunda un chubasquero como si fuera un pescador en el mar del Norte de aquellos que salían en los anuncios de las varitas de merluza Findus con tal de poder seguir usando su bicicleta, que se ve que si pasa un día sin pedalear le da una subida de azúcar. Así que, como decimos, entre los dos están transformando la ciudad, que parafraseando a Alfonso Guerra no la va a conocer ni el Junio Bruto que la parió. Cargados de maceteros (que tienen que llevar otros en furgonetas y camiones -¿fascistas?- porque a ellos no les caben en la cesta de la bici) se dedican a cortar al tráfico calles del centro en un afán obsesivo-compulsivo que ya ha logrado incomodar a sus socios de gobierno. Pero al dúo sacacoches como si lloviera, van a la suya, todos estamos equivocados, nos vamos a cargar el planeta por no subirnos a una bici, somos unos insolidarios. Su modelo, ya digo, no es Montecarlo, ni Singapur, tampoco Copenhague, qué va, lo suyo, su ideal, está a mitad de camino entre el Pekín de Mao, todos dándole al pedal, y un imaginario Bollullos de Arriba rural y entrañable, con puestos de venta de tomates y calabazas en la calle Colón en lugar de franquicias y grandes almacenes (fascistas también). En un par de años más, con su caja de herramientas al hombro nos van a dejar Valencia niquelada, como nueva. Si el PSOE quiere, claro.

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