Jugar una final

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Frente al clásico «las finales se juegan para ganarlas» reivindico la importancia, casi la trascendencia, de llegar a una aunque sea para perderla. Será por la sequía de diez años que atraviesa el Valencia CF, desde el título de 2008 contra el Getafe, aunque tampoco es la primera. Qué pronto se olvidan los malos momentos, las rachas negativas, las prolongadas épocas de carestía, porque lo cierto es que entre la Supercopa de 1980 ganada a doble partido al Nottingham Forest con aquel mítico gol de Fernando Morena -el delantero uruguayo que en las fotografías de equipo siempre se sentaba encima del balón- y la Copa del Rey de 1995 contra el Dépor, la famosa final del aguacero en el Bernabéu, el club de Mestalla tampoco estuvo en esos partidos que todos los futbolistas, todos los aficionados e incluso todos los periodistas deportivos quieren catar. Así que no es aventurado apostar a que si se preguntara a los hinchas valencianistas en una encuesta al efecto -que a ser posible no coordinara el concejal de Cultura Festiva o Popular o lo que sea, Pere Fuset, porque acabaría interesándose por las preferencias políticas de los entrevistados- acerca de qué eligen, que el Valencia entre en Champions la temporada que viene o que gane la Copa del Rey, me juego con quien sea una paella de pollo y conejo a que saldría mayoritariamente que mejor llevarse un título, dónde va a parar, que un trofeo es un trofeo, y encima te lo entrega el Rey y lo ve toda España. Oiga, pero es que si la jugamos será contra el Barça o contra el Madrid, y eso es derrota segura. Ya, es posible, pero prefiero estar, jugarla y perderla que no estar, que ser eliminado en octavos, o en dieciseisavos, por el Palamós o por el Ciempozuelos. El Athletic de Bilbao ha llegado tres veces en los diez últimos años a la final y las tres las ha perdido contra el FC Barcelona. ¿Habrían preferido los 'leones' ser eliminados en semifinales y evitarse el disgusto? No lo creo. Que te quiten lo 'bailao' aunque el baile finalice con llanto. Quien ha vivido una final sabe que es algo especial, diferente a todo, que hay un ambiente único, que es una experiencia inolvidable. Incluso los valencianistas que, como es mi caso, no hemos superado el trauma de la final de Milán, que aún tenemos pesadillas con el gol que falló Zahovic y con el penalti de Carboni, tampoco cambiaríamos aquella oportunidad histórica, el hito de repetir una presencia en el partido más importante del año, a pesar de que terminó como terminó. No entiendo por todo ello que un equipo que el miércoles se jugaba tanto saliera frío al terreno de juego, como si la cosa no fuera con ellos, creyéndose tal vez que al Alavés se le gana porque tú te llamas Valencia y ellos Alavés. Y un equipo que juega en un estadio que se llama Mendizorroza merece un respeto.

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