La imposición silenciosa

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Sin que la sociedad, aparentemente, se dé cuenta, sin llamar mucho la atención, sin recurrir a leyes o decretos que luego pueden ser paralizados por los tribunales, el nacionalismo gobernante en Valencia va haciendo camino con la lenta pero imparable imposición del valenciano y la consiguiente marginación del castellano. Son pequeños detalles, medidas que no provocan la reacción airada de los ciudadanos pero que poco a poco permiten ir creando una nueva realidad, normalizando la preeminencia del valenciano, impulsando una inmersión lingüística forzosa a todos los niveles. En la educación, sólo la intervención de los jueces tras -aquí sí- la respuesta de la sociedad civil, ha evitado que los planes de Marzà se lleven a la práctica, y aún así los datos son elocuentes. En el próximo curso, el número de colegios que tendrán el castellano como lengua principal de enseñanza pasará de 909 a 421, es decir, menos de la mitad. Por otra parte, el 25 de abril -tenía que ser ese día-empieza la emisión en pruebas de À punt, la nueva televisión autonómica, cuya hoja de ruta es fácil de imaginar. Pero luego está lo que podríamos denominar la micropolítica, la revolución silenciosa a través de la gestión diaria sobre asuntos y ámbitos aparentemente carentes de carga ideológica o identitaria pero en los que es relativamente fácil ir colando el discurso nacionalista, el de todo y sólo en «la nostra llengua». Las placas de las calles, por ejemplo, donde lenta pero inexorablemente se va imponiendo la rotulación en valenciano. La cartelería de la EMT y de FGV o el servicio de atención telefónica del 010 son otros espacios en los que por la puerta de atrás y sin hacer ruido una de las dos lenguas cooficiales de la Comunitat se impone sobre la otra, sin prisa pero sin pausa. Con la misma aparente normalidad con la que el Ayuntamiento del cap i casal aprobó que Valencia deje de ser Valencia para pasar a ser València, una medida que en la calle ha pasado desapercibida por la sencilla razón de que nadie le ha hecho el menor caso y quien habla en castellano sigue diciendo Valencia mientras que el que utiliza el valenciano emplea la forma València, aunque oficialmente ya sólo existe la denominación en valenciano. Cuentan a su favor con que entre las generaciones jóvenes hay muchos que se han educado en valenciano, los hijos de la Llei d'ús i ensenyament del valencià, por lo que ven normal esta política de progresiva imposición que dentro del tripartito establece Compromís y ante la que el PSPV y Podemos callan y asienten. Un programa que recuerda demasiado al de la Cataluña jordipujolesca de los ochenta, cuyos resultados se están viendo desde hace meses en las calles de las ciudades catalanas. ¿Llegaremos a ver aquí lo mismo dentro de unos años?

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