Del esmoquin a las chanclas

Parece que moleste cualquier vestigio de elitismo, de esas calles típicas en cualquier ciudad pensadas para impactar a los turistas

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

La plaza del Ayuntamiento de Valencia es uno de los espacios más singulares de la ciudad y, a la vez, uno de los más extraños del mundo. Tal parece que hubiera sido concebida sólo para el disparo de las mascletaes en el mes de marzo, con un gran espacio central, vacío, preparado para la ocasión, y con las floristerías que miran a la calzada, al tráfico, en lugar de hacerlo a los peatones. El problema de esa plaza es que aparte de los días de Fallas hay que pensar en sus usos el resto del año y ahí es donde empieza el dolor de cabeza para el Consistorio del cap i casal. Durante la etapa anterior, la de Barberá, se optó por dejar ese gran hueco como el desierto de Sonora, con el fin, o eso se decía, de mantener su prestigio y no perturbar el entorno con actividades lúdicas y comerciales. De aquello, como pasa siempre, hemos pasado al extremo contrario, al todo vale, ferias del libro valenciano (catalán), exhibiciones de la siega del arroz, mercadillos de frutas y verduras y conciertos al aire libre como si fuera el Arenal Sound pero en pleno centro de la tercera ciudad española. Pero es que a veces (por no decir a diario) da la sensación de que el alcalde y su guardia de corps viven empeñados en derribar todo lo que tenga que ver con los veinticuatro años de Alcaldía de Rita Barberá, de cuyo fallecimiento se acaba de cumplir un año. Hablo de lo malo, que por supuesto es lógico que lo hagan, pero también de lo bueno, que lo hubo. Lo cual implica eliminar cualquier vestigio de elitismo, de zona VIP, de calle con glamour pensada para turistas de alto standing, de esos que vienen, o iban a venir, en cruceros de lujo a una Marina que ya no se quiere para grandes yates, y a alojarse en un Westin al que acaban de colocarle pared con pared la ampliación de un colegio. Visitantes de los que compran en una milla de oro -Marqués de Dos Aguas-Poeta Querol- a la que primero golpeó la crisis económica y ahora acabará de rematar el comisario político Grezzi, que tiene previsto desviar por esta ruta al menos una decena de líneas de la EMT, por lo que se transformará en una estación de autobuses. Es la calle, recuerdo, del Museo Nacional de Cerámica y de la iglesia de San Juan de la Cruz, dos de los monumentos más valiosos de Valencia. Pero da igual, si ha sido capaz de plantar una batería de marquesinas delante del antiguo convento de Santo Domingo sin encomendarse ni a Dios ni a la Conselleria de Cultura a pesar de tratarse de un entorno monumental ¿no va a serlo de convertir la calle de las tiendas de lujo en un aparcadero de autobuses? La sensación, en fin, es que a golpe de ordenanza municipal se intenta vulgarizar una ciudad, quitándole el esmoquin para vestirla con chanclas, pantalón corto y camisetas sin mangas. Los vendedores del Mercado Central quieren prohibir que ese tipo de turista entre en el recinto. Tal vez no sepan que algunos concejales de su ayuntamiento van a trabajar así cuando aprieta el calor.

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