Contradicción capitalista

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Lo ha matado el capitalismo. Podemos y su inquieta brigada mediático-digital no esperó a conocer con exactitud qué había pasado con el mantero senegalés muerto en las calles del madrileño barrio de Lavapiés para emitir veredicto y arrojar gasolina al incendio. A decir verdad, tampoco les interesaba lo más mínimo. Su ideología, por llamarla de alguna manera, se conforma a partir de algunas bases inamovibles, de creencias muy afianzadas en un imaginario que se nutre de eslóganes y sobre todo de prejuicios más propios de la España de principios del siglo XX que de la moderna sociedad del XXI. La policía, para ellos, siempre es sospechosa. Los agentes vendrían a ser la encarnación de un Estado fascista y opresor que restringe los derechos y las libertades de las clases trabajadoras y persigue sin piedad a los inmigrantes. No hace falta un juicio cuando la sentencia está dictada de antemano. No necesitan datos, pruebas ni confesiones si se parte de la base de que los policías son torturadores al servicio de un sistema malvado. Dicen que lo ha matado el capitalismo porque, según su versión, no permite que extranjeros que han escapado de la pobreza de sus países prosperen y se busquen la vida. Pero hay algo en su razonamiento que falla, que hace agua, que invalida todo el planteamiento.Los mismos que critican el capitalismo como sistema reclaman que el Estado asuma más y más competencias, que amplíe su ámbito de poder, que llegue a todas partes, que cubra absolutamente todas las necesidades de los ciudadanos, que sustituya a la iniciativa privada hasta conseguir que ésta sea irrelevante. Un Estado así (en realidad, cualquier Estado) sólo se mantiene gracias a los impuestos de los contribuyentes, personas físicas o jurídicas (empresas). Para un ayuntamiento, por ejemplo, es vital el Impuesto de Actividades Económicas, el IAE, que pagan negocios, tiendas y todo tipo de establecimientos abiertos al público. Sin este tributo, las corporaciones no podrían prestar los servicios más elementales, como la recogida de basuras, la limpieza, el transporte público o la seguridad ciudadana. Y sin embargo, el discurso podemista y radical se inclina por proteger una actividad ilegal, la de los manteros, que se nutre de mafias organizadas que falsifican productos y luego los venden en las calles, sin pagar ningún impuesto por ello y explotando a los vendedores. El capitalismo salvaje y sin regulación alguna -no el capitalismo como sistema- mata a personas y pone en riesgo las economías nacionales, pero la estupidez humana y la demagogia populista son casi más peligrosos, porque desestabiliza y fractura las sociedades con la falsa promesa de un mundo mejor que saben que no pueden conseguir y con incoherencias y contradicciones insalvables.

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