Lo que aprendimos de Almodóvar

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

A mí esta Semana Santa me ha dado por acordarme de Almodóvar, que es uno de los cineastas que mejor ha retratado en su cine el imaginario religioso. Solo hay que recordar cuando fue a recoger su primer Oscar y dedicó el premio a cuantas figuras sagradas creía que le habían ayudado (por mediación de sus hermanas, que son las que se encomiendan) a conseguir el galardón. Y así se acordó de, entre otros, la Virgen de Guadalupe, la Virgen de la Cabeza, la Macarena, el Sagrado Corazón de María y el Cristo de Medinaceli. Motivos divinos aparte, el cineasta es noticia esta semana porque se cumplen 20 años del estreno de una de sus obras cumbre, 'Mujeres al borde de un ataque de nervios' (cinta con la que, por cierto, fue seleccionado en Hollywood, aunque en aquella ocasión no logró distinción). El filme -uno de los mayores éxitos de taquilla patrios- ha envejecido de maravilla y sigue siendo un retrato femenino único que uno no se cansa de ver. De aquel título aprendimos que el buen gazpacho ha de llevar tomate, pepino, pimiento, cebolla, una puntita de ajo, aceite, sal, vinagre, pan duro y agua. Y que el secreto está en mezclarlo bien. También supimos que las testigas de Jehova no pueden mentir -ya les gustaría a ellas, pero es lo malo-. Y que los terroristas chiítas se entregan a fondo en la cama -es lo que tiene vivir en peligro-. Además deseamos, después de ver la peli, gritar aquello de «siga a ese taxi». Pero, eso sí, hacerlo desde un taxi que tuviese de todo. Bueno, de todo, menos colirio. Y también deseamos un sueño reparador que nos cambiase el gesto de la cara y otras cuestiones.

Más allá de sus mujeres, las películas de Almodóvar nos han legado lecciones y frases memorables. «Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma», decía La Agrado en 'Todo sobre mi madre'. Y es un lema que tendríamos que repetirnos cuando nos queremos poco. «La realidad debería estar prohibida», espetaba la editora de los libros de Leo en 'La Flor de mi secreto'. Y es una medida que algún gobierno ha de poner en marcha tarde o temprano. Nos sobra realidad. «El amor es la cosa más triste del mundo cuando se acaba», escuchábamos con cierta tristeza -y deseando no experimentarlo- en 'Hable con ella'.

Además de todo eso, las sentencias del cine almodovariano vienen bien para cualquier conversación. No está mal echar mano de alguna de ellas para trufar una charla. Tomar prestado, por ejemplo, de Chus Lampreave aquello de «Una operación es como un melón. Hasta que no se abre no se sabe si está bueno o está pasado" o de Marisa Paredes, lo de «Excepto beber, qué difícil se me hace todo». Sin olvidar ese «Hagas lo que hagas ponte bragas», eslogan de un anuncio de 'Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón'. Le debemos mucho a Almodóvar y no está de más aprovechar este aniversario para recordarlo.

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