La importancia de cómo te llamas

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Uno de mis terrores cotidianos ha sido siempre poner nombre a las cosas, buscar una denominación exacta a ciertas acciones, relaciones, secciones. Siempre me ha parecido una enorme responsabilidad asignar un título o categoría que va a quedarse ahí para siempre. Para bien y para mal. Ha sido una labor de la que he intentado huir, aunque no siempre lo he logrado y por cuestiones laborales me ha tocado bautizar alguna iniciativa. Supongo que a veces habré acertado. El nombre no es una cuestión baladí. Muchas veces me he parado a pensar en cómo sería mi vida si no me llamase Mikel. Sí, mi cabeza me lleva a derroteros difícil de explicar. Me cuesta imaginarme a mí mismo con otro nombre. ¿Habría sido la misma persona siendo Antonio, Borja o Eustaquio? Hay nombres y nombres. A algunos le ha perjudicado mucho coincidir con personajes célebres, reales o de ficción, y llevan el nombre como un yugo mientras dura la serie de moda o el famoso está en boga. Otros nombres traen junto a ellos leyendas universales y lugares comunes. Nuestra propia vivencia con diferentes personas modifica la percepción de un nombre, dependiendo de si lo asociamos a un buen recuerdo o no.

Pensaba en nombres al escuchar cómo habían bautizado a la borrasca que ahora nos enfría, a esa que ha traído fuertes nevadas y nos está congelando hasta el corazón. Se llama Emma. Y me pregunté qué pensarían las Emmas del hecho de compartir denominación con un fenómeno meteorológico. Así me planteé si en el futuro podría pasar que a un ciclón o a una tormenta se le conozca por Mikel. Os advierto de que ese día caerán rayos y truenos y es posible que os quedéis congelados de verdad.

Que Emma iba a llamarse Emma era algo que ya se sabía. Se ha perdido el efecto sorpresa que antes había. La Agencia Estatal de Meteorología anunció hace unos meses el listado de los nombres de las próximas borrascas, después de que a la última se le adjudicase el de Bruno. Como en esto también hay paridad, se decidió que se alternarían los nombres de mujer y de hombre y que se seguiría un orden alfabético. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que las borrascas debían tener nombre de hombre y los anticiclones, de mujer. No sé bien la razón. En España se acordó con Francia y con Portugal compartir nombres de fenómenos y de hecho se fijó con antelación cómo se llamarían las borrascas próximas que vamos a padecer. Está comprobado que la población permanece más atenta a las recomendaciones de seguridad, cuando la amenaza está claramente identificada y asociada a un nombre. Avisados quedáis. Están por venir Félix, Gisele, Hugo, Irene, José, Katia, Leo, Marina, Nuno, Olivia, Pierre, Rosa, Samuel, Telmva, Vasco y Wiam. No sé si el nombre nos marca la vida pero nuestra sería muy distinta con otro nombre.

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