Desplantes adolescentes

Las ausencias de los políticos catalanes ante el Rey es una pataleta para visibilizar su disgusto sin medir las consecuencias

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Dicen los sociólogos que la adolescencia se está prolongando respecto a décadas pasadas y que los jóvenes de hoy llegan más tarde a la madurez. Son generaciones más precoces que las anteriores para dejar la infancia, pero más tardías en adoptar comportamientos de adultos. Así, resultan especialmente emocionales y volubles, en sintonía con ese momento de desajustes hormonales e inseguridades sociales que constituye el paso de la niñez a la madurez. Si a eso se une un entorno también emocional, donde triunfa quien domina la capacidad de conmover y no de pensar, el resultado solo puede ser un conjunto de liderazgos basados en la sensibilidad y la pura reacción visceral. El dominio de redes sociales reactivas; la exteriorización de gestos histriónicos o la necesidad de mostrarse como «jefe de la manada» explica los «rufianes», «adas colau» y «pablos iglesias» y, sobre todo, su éxito entre determinados grupos.

El gesto de la alcaldesa de Barcelona y del presidente del Parlament ausentándose de la inauguración del Mobile World Congress es uno de ellos. Más allá de los cálculos de rentabilidad electoral, la ausencia es una pataleta de adolescentes que quieren visibilizar su disgusto sin medir las consecuencias. Y, como ocurre con los críos, juegan con la ventaja de que los padres nunca van a someterlos a un chantaje similar. En este caso, ni el Jefe del Estado ni el resto de los españoles hacemos caso del berrinche infantil que patalea tirado en el suelo. De ese modo, los miopes dirigentes catalanes no se encuentran con un rey o un gobierno que ignore y haga feos a los representantes independentistas de Cataluña. Tampoco con un país que los abandone a su suerte, reniegue de ellos y establezca un cinturón sanitario entre sus provincias y las demás. El resto de españoles seguimos yendo a Barcelona, disfrutando de sus calles, paseando por sus Ramblas, visitando sus monumentos y comiendo en sus restaurantes. No hacemos desplantes porque eso sería de niños malcriados que proyectan en los demás las frustraciones propias. Y quizás sea ese el problema: en lugar de encontrarse un cachete a tiempo, los adolescentes que juegan a enfurruñarse como adultos se hallan, de pronto, en el rincón de pensar y ocupan el tiempo pensando en cómo fastidiar más a los progenitores, no en lo que han hecho mal. Evidentemente, entre sus compañeros de guardería se presentan como héroes porque su pataleta ha logrado que les den chuches de postre. Mientras tanto, los demás seguiremos dedicando el tiempo a crear la riqueza que se repartirá, también, entre los críos entretenidos en sus batallas. Así lo empiezan a ver esos catalanes que antes apoyaban el 'procés' y ahora han dejado de hacerlo según el CIS de la Generalitat publicado hace unos días. Es el momento, pues, de exigir a los del acné político catalán que maduren un poco y se den cuenta de que los mayores tratan las discrepancias de otro modo.

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