La vida sin cápsulas

ARSÉNICO POR DIVERSIÓN

No hay nada más descorazonador que ver la cantidad de envoltorio que requiere una simple dosis de café. Y casi todo lo que compramos

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Llevo años luchando contra mí misma por ese impulso irrefrenable hacia la compra que nace inmediatamente después de ver un anuncio de cafeteras. No es por el trasto, que ni me interesa, sino por George Clooney. Por mucho que sea consciente de que el truco de presentar un producto con chico guapo es engañoso porque él no viene en la caja, no puedo evitar sentir ciertas ganas de agenciarme la cafetera cada vez que la anuncia. Y eso que yo soy muy de café a lo clásico. Tan clásico que por tomarme un ristretto de ése que solo moja los labios porque apenas sobresale cinco milímetros del fondo de la taza soy capaz de falsificar un máster a Cifuentes. Es un sorbo nada más, pero es un sorbo divino.

Por eso, lo mío es la cafetera italiana de toda la vida, comprada en el mismo centro de Roma, y cargada a mano por mí con café recién molido, si puede ser. Tampoco le haría ascos a tener un 'barista' del terruño haciéndome el café, he de admitir. Y, por cierto, Clooney cumple las condiciones porque tiene casa en el Lago de Como.

Digo todo esto porque no me causa ninguna conmoción saber que la Consellería de Medio Ambiente se propone acabar con las cápsulas de café. Parece sensato. No hay nada más descorazonador que ver la cantidad de envoltorio que requiere una simple dosis de café. Y casi todo lo que compramos. Que se necesite una bandeja, materiales contra la humedad y un plástico para envolver una triste pechuga de pollo es verdaderamente insostenible. En todos los sentidos. Así lo mostraron unos ciudadanos británicos que decidieron quitar todos los envoltorios de su compra en un conocido supermercado inglés. Llenaron decenas de enormes bolsas con plástico, cartones y poliuretano.

Tan concienciada me encuentro que el otro día fui de marisabidilla con el pescadero cuando hizo amago de ponerme la merluza en una bandejita blanca. Aquí la activista llamó su atención para decirle que, por favor, no me pusiera «eso» tan contaminante sino un simple papel alrededor y todo el pescado en una bolsa que ya me encargaría yo de reciclar. Mi pescadero que, a Dios gracias, tiene mucha bondad y harta paciencia, levantó la vista de la cola a la que estaba quitando la piel y me dijo «son biodegradables». Terrible zasca con la mano abierta. «¿Ah, sí?, qué bien. Ya me extrañaba que de pronto hubieras cambiado a algo así», tuve que improvisar, aduladora, para suavizar el momento. No me atreví a mirar a los demás compradores que sin duda debían de estar regocijándose después de pasarse veinte minutos hasta que terminó de prepararme merluza, rape, emperador y boquerones, uno a uno. En cualquier caso me dio la lección que podemos tener presente ante la perspectiva del fin de la cápsula. No se trata de dejarnos sin café sino de cambiar el plástico por materiales no contaminantes o el mismo que se usa para las bolsitas de té. Así, pues, podré seguir soñando con George sin afectar al Planeta.

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