El triunfo de Cassandra

ARSÉNICO POR DIVERSIÓN

A juicio del tribunal, los chistes que publicó no constituyen un ultraje contra las víctimas pero no por eso aplaude su conducta

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No es una victoria. Ni la absolución por el Supremo ni la condena por la Audiencia Nacional. El caso de la tuitera Cassandra no es una pelea que tenga ganador y vencedor. Cualquiera que hubiera sido el resultado, habría tenido perdedores: la libertad de expresión o el respeto a las víctimas del terrorismo. La joven murciana había publicado en Twitter chistes sobre el atentado de Carrero Blanco. No fueron los únicos. Hemos visto cientos de ellos por Internet en estos últimos años y, sobre todo, hemos asistido al reproche constante hacia quienes los consideraban inadecuados. Criticar a la tuitera era arriesgarse a ser tildado poco menos que de franquista, fascista, represor de las libertades y algunos calificativos más. Cosas del tiempo maniqueo que vivimos. En él, las víctimas no son siempre víctimas. Sufrir el azote del terrorismo no es por sí mismo una condición suficiente para sentir el apoyo de la ciudadanía. Y lo curioso es que no depende de las circunstancias del ataque sino, nuevamente, del «algo habrá hecho» que ya utilizaran los proetarras en los asesinatos de ETA. En el caso de Carrero Blanco no hay que suponer que había hecho algo. Es suficiente con saber que era presidente del Gobierno de Franco. Como si eso fuera una explicación aceptable para aplaudir a ETA en sus acciones y, mucho más, para celebrar su muerte. Las víctimas verdugos son menos víctimas. Lo vemos a diario en relación a los judíos asesinados en Israel. Aunque se trate de niños de cuatro años, ajenos por completo a la política de su país. A nadie en su sano juicio se le permitiría reírse de la muerte de niños a manos de ETA en Hipercor o en la casa cuartel de Zaragoza. Nos resultaría cruel, despiadado, inhumano y sin sentido. Sin embargo, matar a un franquista es, al parecer, una causa justa y, por tanto, la mofa es un peaje que deben pagar quienes se situaron junto al dictador.

Eso no quita para que la sociedad se preocupe cuando las medidas previstas son tan graves como privar de libertad a alguien por hacer ostentación de mal gusto. Así lo ha expresado el Supremo en su sentencia absolutoria. Una cosa es tener mal gusto y otra, delinquir. Los chistes publicados por Cassandra, a juicio del tribunal, no constituyen un ultraje contra las víctimas pero no por eso aplaude su conducta. Al contrario. La sentencia afirma que es «reprobable y reprochable tanto desde un prisma social como incluso moral, al hacer mofa de una gravísima tragedia humana atribuible a actos terroristas injustificables» y esa circunstancia, en plena celebración por la absolución, parece olvidada. El corolario de esa realidad es algo que la Justicia no puede resolver por sí misma: la falta de penalización social por comportamientos que son moralmente inaceptables. La absolución no es una palmada en la espalda ni un premio. Por eso no puede decirse que Cassandra haya ganado. Hemos perdido todos.

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