Quema a la catalana

ARSÉNICO POR DIVERSIÓN

La hoguera fallera nos hermana y ayuda a relativizar; en cambio, la espontánea alimenta la inquina y la jauría

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No sé qué hubieran pensado los miembros del Santo Oficio si en su tiempo alguien hubiera considerado un ejercicio de libertad de expresión la quema simbólica de una imagen. Lo digo porque algunos de los condenados entonces, huidos de la garra de la Inquisición, fueron quemados en forma de muñeco de paja ante la imposibilidad de tenerlos en cuerpo mortal. Era un mensaje a todos los demás, una forma de decirles: «si pudiéramos, los quemaríamos en persona». Y vive Dios que era cierto.

Quemar una foto también es un mensaje. No se hace en privado ni a escondidas, sino en público y con cámaras. Es una quema social, una invitación al ostracismo, cuando no al odio, y el envío de una advertencia a la persona implicada a quien se deja claro que no es bienvenido entre quienes aplauden la hoguera. Sin embargo, rechazar a un líder político no parece que sea un acto criminal y así lo ha indicado Estrasburgo hace poco. Es lógico que quienes se ven afectados por sus decisiones se sientan molestos. Es como si algunos conductores, hartos de los atascos en la Avenida del Cid, quemaran la foto de Grezzi como catarsis colectiva. Sería una manifestación de libre opinión pero de muy mal gusto. Afortunadamente, en Valencia hemos evolucionado hacia una versión infinitamente más sensata, civilizada y artística: le hacemos un ninot y aquí paz y después gloria fallera.

Por eso resulta molesto ver a algunos copiar la versión 1.0 de la quema purificadora que nos viene de Cataluña, como ocurrió el lunes en Valencia. Aquí tenemos la 3.0: sabemos convertirlo en broma, reírnos y superarlo. La hoguera fallera nos hermana y ayuda a relativizar, en cambio, la espontánea alimenta la inquina y la jauría. Eso no lo convierte en delito pero sí en comportamiento preocupante y rechazable. La posición de Ximo Puig encaja más en eso que la incómoda de Mónica Oltra. Dados los protagonistas no se podía esperar otra cosa pero se equivoca la vicepresidenta en un punto: Estrasburgo no penaliza la libertad de expresión en el caso de la foto del Rey porque lo considera una crítica política, no personal, pero la quema de la foto del juez Llarena es discutiblemente política. No se quema a la Justicia sino al juez en el ejercicio de su tarea que es la aplicación de las leyes aprobadas por los políticos. Eso hace que se convierta en una crítica ligeramente personal, no política. Lo que ampara Estrasburgo es la discrepancia ideológica, no la personalización en un profesional de una decisión política. Si así fuera, podríamos quemar las fotos de directores de colegio por la política de Marzà o las de un policía local, por la de Grezzi. ¿Sería justo? Tengo mis dudas. Lo cierto es que este episodio se ha convertido en la pegada de carteles. Por mucho abracito oficial, estamos en campaña y toda excusa será buena para distanciarse y, a la oposición, para sentarse en el muelle y lanzar el anzuelo en las aguas revueltas.

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