La caída de cifuentes

ARSÉNICO POR DIVERSIÓN

Lo que aquí estaba en juego no era un título apañado sino la incapacidad para admitirlo y el empeño en disfrazar la libertad

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Desde ayer sospecho que la Audiencia Territorial de Schleswig-Holstein está presidida por el tribunal de Cifuentes. Mientras en España asistíamos a la caída de la presidenta madrileña por no calcular, desde el minuto uno, las consecuencias de una mentira, Puigdemont salía de la cárcel como un bendito. No es que yo defienda la actitud de Cifuentes. En absoluto. Además de poco inteligente, demuestra demasiada soberbia. Lo razonable hubiera sido admitir que le apañaron la forma de cursar el máster por ser vos quien sois, en lugar de andar con trapicheos, documentos falsos y mentira sobre mentira. Es cierto que tenía todo en contra, pues su caso suena como el de los trajes de Camps. No siendo éticamente aceptable lo que se planteaba como hipótesis, parece una presa demasiado pequeña con la que la oposición intenta derribar al personaje, a falta de causas mayores. Por eso el caso Cifuentes se ha hinchado de forma desproporcionada.

Ahora bien, lo que aquí estaba en juego no era un título apañado sino la incapacidad para admitirlo y el empeño en disfrazar la realidad. Si la han pillado en falta, lo mínimo es aceptarlo y no emborronarlo más aún. Tampoco es razonable, y conviene decirlo, lo exquisitos que se han puesto algunos en nombre de la Universidad. Así, con mayúscula. No me refiero a la afectada, la Rey Juan Carlos, sino la Universidad como «unidad de destino en lo universal», tal y como algunos la ven y la defienden. Para esos, la simple duda cuestiona la honorabilidad de todo el sistema universitario español como si fuera impoluto, sacro e inmune a la trapacería. Dudo que éste sea el único caso en el que se acepta pulpo como animal de compañía y tutorías personalizadas como asistencia a clase. Es más, a veces, es conveniente tener en cuenta las circunstancias de un alumno. Cuando decimos eso, no hablamos de eximir de las obligaciones a quien puede cumplirlas sino de facilitar el acceso al conocimiento a quien quiere pero tiene dificultades que pueden subsanarse, por ejemplo, quien trabaja o tiene problemas de salud. La cuestión que se plantea con Cifuentes es que, posiblemente, no era ese tipo de ajuste el que decidieron hacer, pero de ahí a considerar que es una excepción única en la historia, hay mucho trecho.

La conclusión es que quien lo haya buscado ya tiene lo que pretendía, esto es, mover los cimientos de la lideresa más firme y libérrima del PP. Tal vez sea el efecto 'Comunidad de Madrid' que atrae a su sillón a mujeres capaces de disparar misiles a la línea de flotación de Rajoy. O quién sabe si de recibirlos. El tema ya está terminado aunque no se haya finiquitado. Cifuentes está herida de muerte políticamente hablando. Lo asombroso es que, sabiendo las consecuencias de cualquier error, no se apresten primero a no cometerlos y, después, si el mal está hecho, a no remediarlo, calcular los efectos de que se sepa y preparar una respuesta adecuada.

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