Salir vivos

JOSÉ MARTÍ

Muchos granotas nos preguntamos qué hubiera ocurrido con Muñiz si el árbitro pita un minuto antes el final del partido frente al Espanyol y Baptistao no marca el gol del empate. ¿Se hubiera ido a la calle pese obtener los tres puntos? Nunca lo sabremos. Fútbol-ficción. Pero escuchando el análisis postpartido del técnico asturiano en sala de prensa y viendo el caótico juego del equipo, resulta evidente que no podía permanecer un partido más en el banquillo. Al margen del resultado. Como dicen Les Luthiers, «errar es humano, pero echarle la culpa a otro es más humano todavía». Su cese era inevitable tras el desastre de Anoeta. No quedaba justificación ni clavo ardiendo al que agarrarse. El equipo no tenía esquema ni patrón de juego. Solo un cúmulo de individualidades donde cada cuál hacía la guerra por su cuenta y donde, además, no siempre jugaban los más adecuados. Su marcha, agradeciéndole los grandes servicios prestados, era necesaria para eludir el hoyo. Suelo asociar el descenso a la imagen de una calavera con la guadaña al hombro. Es la muerte futbolística que siega de un golpetazo esperanzas e ilusiones, enterrando al desgraciado en las profundidades de las categorías inferiores. Con Muñiz, la figura de La muerte se había instalado en el anillo interior del estadio (precioso, eso sí) mientras esperaba turno afilando tranquilamente la hoja cortante de su guadaña. Sin prisas. Goles en el último minuto, arbitrajes injustos, lesiones inoportunas, lances de mala suerte durante los partidos, falsas esperanzas por derrotas ajenas, nervios injustificados, aciagos rebotes... síntomas claros de la presencia ineludible de La Parca en Orriols. Algunos aseguran incluso haberla visto sonriendo a la salida del partido contra el Celta, junto a los tornos de entrada. Como un espectro. Se relamía con Muñiz. Ahora, con técnico nuevo, sigue rondando pero sin la misma seguridad. A falta de once jornadas queda tiempo para que Paco López pueda enderezar una nave a la deriva y destrozar a patadas el ataúd que algunos han preparado con amplia sonrisa. Tiene mucho trabajo por delante. Lo primero, devolver el optimismo y la confianza a una plantilla desnortada. Airear el vestuario, poner orden y fijar unos conceptos básicos de estilo desde los que poder crecer y garantizar la salvación. El nuevo míster tiene a su favor el conocimiento del club desde dentro, una afición entregada que no va a desfallecer, como ya demostró el domingo, y ganas de aprovechar la oportunidad para triunfar en los banquillos de la élite. En su contra, un vestuario hundido y dividido, escaso margen de error y poco tiempo para ejecutar sus ideas. Una cosa es segura: si, a pesar de todo, la de la guadaña se sale al final con la suya, tendrá que enterrarnos vivos. O no.

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