Radio y fútbol

JOSÉ MARTÍ

Escuchar la narración radiofónica del gol de Campaña a Las Palmas pone los pelos de punta. Se lo recomiendo. Circula por las redes. Javier Pérez Sala, gran narrador, lo canta durante un minuto. Sesenta segundos de liberación, de desahogo en el descuento, de quitarse de encima la pesada losa del descenso tras una segunda parte de infarto. Como ganar una final. Como el último examen del curso superado con éxito. Emociona cada vez que se escucha, con los elogios a grito pelado a la madre del jugador sevillano y cerrando con un «Campaña y se acabó». En realidad no soy buen radioyente en directo. Muy pocos hinchas lo son. El público es más rápido que los comentaristas: los rugidos y los aullidos preceden varios segundos a las descripciones de la jugada, y la incapacidad de visualizar el campo pone mucho más nervioso de lo que estaríamos en caso de haber ido al estadio o ver el partido por televisión. Aunque algunos siguen el partido por la radio incluso desde la grada. Mi querida esposa, sin ir más lejos, durante varias temporadas. Le resultaba más ameno y se podía enterar de lo que sucedía en el césped. Pero solo con el audio, cada disparo a puerta del contrario parece dirigido a la escuadra; cada balón al área de tu equipo da miedo; cada libre directo del rival es siempre al borde del área. Las retransmisiones de equipos ajenos pueden resultar entretenidas con el show radiofónico de cada jornada futbolística. Pero si quien juega es tu equipo resulta insoportable para los nervios. Por supuesto, también el relator influye. Bryce Echenique escribía que en la retransmisión de un Perú-Brasil, siendo Perú notablemente inferior, el locutor peruano exultaba «ataca Perú, ataca Perú... gol de Brasil». Claro que está el lado contrario, el de los comentaristas de cuidado, de «cuidado, cuidado que nos meten un gol» cuando todavía el balón no ha pasado del centro del campo. Por la radio, el fútbol queda reducido a su mínimo común denominador. Despojado de los placeres estéticos del juego, desprovisto del consuelo de una multitud que se siente igual que tú, sin la sensación de seguridad que da ver que tus defensas y tu portero están más o menos donde tienen que estar, todo lo que te resta es el miedo en estado puro. Aunque también in situ puedes padecer lo indecible. Como en el partido del domingo. Un vecino de localidad, ya mayor y delicado de salud, salía del estadio con la cara descompuesta. Me confesó que tuvo que colocarse una pastillita debajo de la lengua tras la expulsión de Coke. En realidad, pensándolo bien, tampoco estaría mal morir en la grada rodeado de tu familia y el cariño de los tuyos tras un gol decisivo en el último minuto. Si estás bien preparado para dar el salto al otro lado puede ser una buena forma de abandonar este mundo. O no.

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